Si tenemos en cuenta que un berciano se cree capaz de enviar un objeto a Marte sin necesidad de furonda o puntapié, hemos de concluir que la Navidad ha llegado a nuestros hogares, porque milagros, lo que se dicen milagros, sólo nos quedan los de estas fechas. De hecho, estoy cada día más convencido de que existe Papá Noel. Lo he deducido después de hacer un poco de zapping en la moribunda televisión analógica. A la misma hora, he visto al susodicho señor de barba y obesidad mórbida en dos series, un telefilme (traducido: película barata) y un anuncio. Si estás en todas las teles, estás en todas partes: como Berlusconi, pero más abundante en pelo. He llegado a convencerme de tal manera de la existencia de este tipo de fenómenos legendarios que hasta estoy dispuesto a creerme que si a un horno que quema basuras le pones un filtro, no produce ni una mota de contaminación. Hasta tal punto estoy persuadido de que esa pureza es posible, que invito a los varios portavoces que estos días también lo han respaldado a que se sometan a un simple experimento que no hará sino reafirmar sus creencias y reconducir las contrarias. Recojamos en bombonas los humos de una planta cementera en pleno proceso de coincineración, a ser posible, de neumáticos o lodos de depuradora. Traslademos esos depósitos a los hogares de estos bienintencionados (estoy seguro) señores, y proporcionémosles, mediante mascarillas, 24 horas de inocua respiración de tales emisiones mientras un notario observa atentamente su proeza. Dado que ellos mismos aseguran que no hacen daño alguno, que están libres de cualquier riesgo, podrán presumir de ello al día siguiente. Y si lo hacen, yo firmo a favor. Es el efecto ‘Palomares’, pero Fraga se atrevió.