Para remontar la crisis sólo hay tres opciones: la política monetaria, la política fiscal y las reformas estructurales. Si, como parece, la inflación sigue conteniéndose, el Banco Central Europeo podrá acordar nuevos recortes de tipos, el euribor seguirá a la baja y, contando con que las entidades financieras vuelvan a prestarse entre sí y el mercado interbancario se restaure, el crédito volverá poco a poco a las empresas y a las familias. Pero no nos engañemos, las condiciones crediticias para los nuevos préstamos no serán las de antes. Los proyectos tendrán que ser rentables de verdad y las garantías valorarse en lo que valen.
Por tanto, a la política monetaria le queda ya muy poco recorrido. Se ha evitado lo peor pero no se ha resuelto la crisis. Al contrario, a las puertas de las Administraciones se agolpan todos los sectores afectados en demanda de ayuda. Es la hora de la política presupuestaria. ¿Pero cual? Los partidarios de recortar impuestos (por ejemplo, el IVA) piensan que con ello las familias podrían gastar más y se crearía más empleo. Si se va a desbordar el déficit público, que sea para inversión. La construcción de infraestructuras crea empleo que redunda en salarios y consumo y además incrementa el stock disponible de capital social y, con ello, mejoran la competitividad y el bienestar de los ciudadanos.
Me temo que habrá que llegar a las reformas estructurales. Es decir, a cambios que aporten flexibilidad y competitividad. Es preciso cambiar el funcionamiento de sistemas públicos y privados que operan bajo principios obsoletos. ¿Por qué si existe tanta superficie en Castilla y León es tan caro el suelo? ¿Por qué si hay tan poca población hay tantos ayuntamientos? ¿Porqué para que a un catedrático se traslade de León a Burgos (o al revés) tiene que opositar de nuevo? Las cosas, oiga, tienen que ser más sencillas, rápidas y baratas. La economía, –aunque la política no lo haga– tiene que reclamar sentido común y eficiencia. Hay una versión de las reformas estructurales que las reduce a menores costes de despido. Es una simplificación que, planteada en la fase más dura del ciclo económico, tendrá enormes costes sociales y políticos. El problema es mucho mayor. Para que las empresas reduzca costes y ganen en competitividad, hay que abordar cambios audaces en el sistema energético, en el sistema formativo, en la Administración… Basta con ver lo que ocurre con las Cajas para saber que no va a ser sencillo.
Roberto Escudero, doctor en CC. Económicas