Hagas lo que hagas, ‘el 31 de diciembre San Silvestre’. Esta sentencia se escuchaba mucho en otros tiempos, se empleaba para apaciguar los ánimos, para templar iras, y acomodar intereses, pero eran otros tiempos en los que al llegar el día último del año se procuraba hacer borrón y cuenta nueva. Hoy no hay borrón que valga, porque la puñetera tecnología no entiende de razones ni de borrones, y tampoco hay cuenta nueva posible, porque todas nuestras cuentas son viejas y llenas de canas.
Hoy sólo queda decir que pasamos del desconcierto de 2008 a la incertidumbre de 2009. Incertidumbre absoluta en lo político, en lo económico, en lo moral, y en lo social.
Admiro a Zapatero porque intenta transmitir optimismo, y a pesar de tener que reconocer que 2009 será peor que este maldito bisiesto, él pronostica que veremos la luz allá por el cuarto trimestre, pero la cuestión está en si ¿aguantaremos tres trimestres a oscuras, sin nómina, y sin el pan nuestro de cada día? Lo deseo, pero...
Ojalá que el espíritu de San Silvestre haga retornar a la cordura y al raciocinio a una gran parte de la clase política, que sean capaces de entender que la ciudadanía empieza a poner en cuestión la utilidad de diferentes pilares sobre los que se asienta nuestro sistema político. Ojalá que los diferentes poderes del Estado se den cuenta, rectifiquen y entiendan que el momento requiere de todos y para todo. Yo, por si acaso le pido a 2009 que al menos, me deje como estoy.