Siempre he creído en los Reyes Magos. A mi barrio llegaban en ‘fuscas’ –los autobuses que llevaban a los mineros a los tajos–. Siempre me chocó que a aquel rey negro lo conocieran todos y que el vecino del tercero dijera sonriendo aquello de ¡Coño, Germán!, que bien te sienta el traje”. Yo sólo conocía a un Germán, que trabajaba en el lavadero de La Vasco, pero aquel era blanco y éste que llegaba a mi casa todas las vísperas de Reyes era negro como un toro zaíno. Pese aquello seguí creyendo en la noche más mágica del año. Este 2009, pese a tantas voces pesimistas, abriré la ventana de mi casa con más fuerza que nunca para que mis dos hijos dejen allí las zapatillas y miren a ese cielo de la ilusión que nunca se debe perder. Cayetana e Isaac tienen año y medio. Vinieron por partida doble y quiero decir que han sido muy buenos. Sólo son un poco trastos. Dejan las cosas por el suelo y cuando les llevo un periódico lo leen al revés y lo deshacen en mil pedazos, como si no quisieran que este mundo tan revuelto fuera con ellos. Cayetana quiere una casa de muñecas de colores, donde no haya buenos y malos, e Isaac, un coche con un motor muy grande que no vaya marcha atrás por la sinrazón de unos pocos. No es tampoco mucho, y puede que Melchor, Gaspar y Baltasar les dejen todavía algo más. Mañana, les estaremos esperando en la estación de Renfe. En la noche más mágica del año no se puede cerrar ninguna puerta. León necesita un poco de buen humor. Un poco de ilusión.