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LA ESQUINA

Hablando de demagogia

Javier Santiago

Demagogia es la palabra más práctica para un político. Todos, desde el más tímido concejal hasta el padre de la patria más trajeado, tiran de ella con más facilidad que Harry el Sucio de pistola. Es el argumento más rápido y más barato, el que requiere menos esfuerzo y menos gasto de neuronas. Además, vale para contrarrestar cualquier crítica.
Abriendo el periódico al azar es fácil chocar de bruces con la palabra de marras. Aparece, por ejemplo, en boca del alcalde de Ponferrada. Le basta usarla para replicar al portavoz del PSOE, que le reprochó que los impuestos municipales suban un 4,2% mientras el IPC crece un 1,5%. Así, lo que dijo Fernando de la Torre es demagógico. Además de verdad, por otra parte.
De esta manera, todo es demagogia. Decir que Israel lleva años ciscándose en la legalidad internacional (si la hubiere) y ahora está cometiendo una nueva salvajada en Gaza puede ser perfectamente demagógico. Aunque sea verdad. Criticar al Ayuntamiento de Villafranca porque destina los fondos que le da el Gobierno contra la crisis sólo a las pedanías que gobierna el PP vale como demagogia. Es cierto, eso sí. Reprochar al PSOE que utilice en su nombre la palabra socialista aunque Marx se carcajearía si levantase la cabeza también se puede considerar demagogia. A pesar de que no sea mentira.
Así, en definitiva, la demagogia vale para todo. Es la herramienta perfecta para un político. Sirve para usarla a la hora de engatusar al público, pero también para lanzársela a la cabeza al que critica, por más razón que tenga. Y, así, con ella podemos llenar cientos de periódicos, cientos de debates y horas y horas de cachondeo. Mientras tanto, a la verdad, si existe, le pueden ir dando.

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