Logo de la-cronica.net


50 AÑOS DESPUÉS

Recuerdos de una catástrofe

La Robla fue una de las tierras de acogida para los supervivientes de Ribadelago

Julio, uno de los supervivientes de la tragedia de Ribadelago, ayer, sentado en una céntrica cafetería de La Robla. SECUNDINO PÉREZ

Manuel C. Cachafeiro León
Nadie puede olvidar nunca una cosa así. Era muy pequeño y tengo unas imágenes muy vagas, pero sí recuerdo el agua, las voces...”. Ribadelago, en Zamora, perdió a 144 de sus vecinos la noche del 8 al 9 de enero de 1959 cuando la presa de Vega de Tera se rompió y cerca de ocho millones de metros cúbicos de agua arrasaron el pequeño pueblo sanabrés. La familia de Julio San Román, que hoy reside en La Robla, fue de las más afortunadas, entre comillas. En la riada sólo murió una hermana de su padre.
Julio tenía entonces cuatro años. Como él, casi una decena de antiguos vecinos de Ribadelago acabaron trabajando en la central térmica de Unión Fenosa en La Robla. No fue como consecuencia de la tragedia, sino por las sucesivas fusiones de las pequeñas empresas hidroeléctricas de una zona de pantanos como es el oeste de Zamora, donde mucha gente de Sanabria ha trabajado históricamente.
Julio explica que su familia se salvó del paso del agua porque vivía en la parte alta del pueblo. “El agua llegó a metro y medio, o dos metros, pero sólo afectó a las cuadras. A mi casa, no”.
Aquella noche fue terrible para todos los vecinos de Ribadelago. Cada historia estremece. Un primo suyo, lejano, Felipe San Román, que sólo tenía trece meses, se salvó gracias a que su madre abrió un pequeño agujero en el tejado. Por aquel hueco pudieron salir él y su padre. “Mi madre salió a la calle para intentar coger una escalera, pero no volvimos a saber más de ella”, recuerda con tristeza. La madre de Felipe fue uno de los únicos 28 cadáveres que pudieron rescatarse días después, cuando fue encontrado flotando en las aguas del lago de Sanabria. En cambio, la tía de Julio, no.
Desde La Robla hasta Ribadelago hay algo más de 150 kilómetros. Todos los meses, más o menos, Julio visita su tierra natal de Sanabria. “Pasó lo que pasó, pero nadie olvida nunca su tierra”, dice con emoción. En Ribadelago todavía se mantiene en pie la casa de su padre. “Se hizo un pueblo nuevo, pero también se están recuperando las antiguas casas. Es una zona muy bonita”.
“Muchos se fueron a León, porque allí les llevó el trabajo, pero le puedo decir una cosa. Ningún hijo de Ribadelago que sobrevivió ha olvidado a su pueblo”, comenta el actual alcalde.Alfredo Puente fue de los pocos que se quedó en el pueblo y también es uno de los supervivientes. Reconoce que “recordar es un poco duro” y se emociona al rememorar aquel día, cuando se encontraba en casa de su futura mujer, con su cuñada y el abuelo de ambas. “Oímos ruido y salimos a la calle, pensando que era un viento muy fuerte, pero los árboles no se movían. En seguida vimos el agua y nos dimos cuenta de que era la presa que había reventado. Regresamos a casa, para sacar a la hermana de mi novia y al abuelo, quien, con ochenta años, se negó a salir. En ese tiempo de discusión nos rodeó el agua y ya sí que no pudimos salir. Tuvimos mucha suerte de que la casa no se la llevara el agua”.
Fueron cinco minutos eternos, “el tiempo que tardó el puente de hierro en desatascarse, porque la arboleda lo había taponado”. “Cuando el puente reventó, el agua bajó y salimos a la calle, donde ya sólo había charcos y muchos vecinos subidos al campanario de la iglesia del pueblo”, relata Alfredo, quien perdió más de una docena de familiares en la tragedia, además de a sus suegros, que estaban en una casa más abajo. “Nosotros tuvimos suerte de estar una casa refugiada por rocas y fue eso lo que permitió que la riada no se llevara todo el pueblo por delante”, explica.
Las siguientes horas fueron “angustiosas”. “Había mucha gente que no sabía de sus familiares y no se podía empezar a buscar a nadie hasta las primeras horas de la mañana, cuando llegaron al pueblo los militares y la Guardia Civil con las barcas. Fue muy triste, porque no se sabía nada unos de otros”, cuenta. Respecto a las pocas víctimas recuperadas, el alcalde de Ribadelago es comprensivo con las labores de rescate. “Estábamos en pleno invierno y en esas fechas el agua de Sanabria parece un mar, con grandes olas. Los buzos hicieron lo que pudieron. Hoy día, seguramente, se hubieran encontrado más víctimas”, reconoce.
Los trabajadores de Unión Fenosa de La Robla han vivido de toda la vida en el conocido como Barrio de la Paz, cinco bloques de pisos que levantaron conjuntamente la empresa eléctrica y Hullera Vasco Leonesa. Poco a poco, se han ido jubilando y las casas se han vendido.
Julio no vive en el Barrio de la Paz sino cerca del río Bernesga, en un piso que no es de la empresa. Pese a lo que pasó y vivió de pequeño, reconoce que nunca ha tenido miedo a vivir ni al lado de un río, ni en un pueblo en la cabecera de un pantano. “Nunca he tenido miedo”, comenta.
Ha pasado el tiempo y todo se va olvidando, pero la noche del pasado jueves fue especial para él. Habían pasado 50 años. Medio siglo ya desde aquellas voces y aquella avalancha se llevó su pueblo por delante. “Nadie sabe lo que es una cosa así si no lo pasa en primera persona. Yo lo puedo contar”.

Publicidad
pix
publi
pix

© Promociones Periodísticas Leonesas, S.A.
Moisés de León, 49-bajo 24006 León (España)

Correos de La Crónica