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DEPRESIONES / Germán Valcárcel

Modernidad política

Un servidor, que no es precisamente un especialista en cosas modernas, pero aún sabiéndolo, y después de muchos esfuerzos, he terminado aceptando los avances de la modernidad, tales como que el vibrador se haya convertido en uno de los electrodomésticos imprescindibles del hogar moderno. Ninguna mujer mínimamente independiente e informada de las limitaciones del hombre moderno puede siquiera concebir qué sería de ella sin él. O que es mucho más util comer en restaurantes lujosos con el concejal engrasador de turno que ser su votante.
En esta línea “progre depravada” en la que me encuentro instalado, también me gustaría aceptar y asumir la moda que últimamente se ha impuesto entre la clase política: el Power Point. Ya saben, ese programa que viene incluido en el Office de Microsoft y que permite crear y combinar esquemas, organigramas y fotografías para ilustrar y esclarecer sus discursos. El Power Point ofrece muchísimas posibilidades, da vía libre, por así decirlo, a la creatividad del usuario. Es entonces cuando este programa informático aparentemente inocente puede convertirse en una temible arma de destrucción masiva en manos de nuestros políticos, les permite algo inédito en la historia de la humanidad: probar todo y su contrario, es decir, dime lo que quieres y yo te fabricaré el modelo que lo justifique. La fuerza del Power Point en el mundo de la política reside en que suministra un biombo detrás del cual el poder puede ocultar sus objetivos reales. También sirve para que el político de turno lance ideas, revistiéndolas de una fraseología en donde las palabras son trampas que sirven para persuadir a los ciudadanos del final de las ideologías. Es decir, persuadirlos de cualquier ideación de una sociedad diferente y, por tanto, de cualquier alternativa.

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