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LEYENDAS

El Nuberu leonés, el terror de los campos

Un libro sobre los monstruos españoles recupera el mito de este ser fantástico que pervive en la cultura popular de la provincia y contra el que existen varios conjuros

Dibujo de Lolo con el Nuberu leonés como protagonista.

I. Herrera León
No ha trascendido a los niveles de la leyenda de la historia del monstruo del Lago Ness, pero tampoco hace tanto que los vecinos de Grajal de Campos aún seguían conjurando al Nuberu para que que no apedreara las cosechas. Estos días se recuerda otra vez a este ‘director de las tormentas’ porque la cuentacuentos Ana Cristina Herreros ha incluido al Nuberu leonés dentro del ‘Libro de monstruos españoles’, un compendio de los seres fantásticos que se han ido quedado relegados por personajes como Shrek o tantos otros monstruos fabricados por multinacionales del ocio y el consumo, tal y como denuncia la autora.
El escritor y erudito leonés Matías Díez Alonso, autor del libro ‘Mitos y Leyendas de la Tierra Leonesa’, sitúa el origen del Nuberu en las Galias, donde había hechiceros tempestarios que aseguraban tener poderes para provocar truenos y granizo. “El Nuberu encarna al dios germano Votan, con poderes para dirigir tempestades”.
En Asturias se cree que el Nuberu habita en una montaña de Egipto. Es un mito que llegó a Asturias con los navegantes que llegaron a sus costas y los mineros procedentes del mundo oriental en busca de estaño.
“El Nuberu es el director de las tormentas, un ser maligno, feo, grande y de fuerza colosal. Viste traje de pieles, usa barba y cubre su cabeza con un sombrero de ala ancha que disimula la falta de un ojo”, así lo presenta Matías Díez. Según la versión por él aceptada, se llama ‘Juan Cabrito’, vive con su mujer y sus hijos en Egipto, y de allí sale para ‘facer truena’ y descargar las nubes donde le plazca a no ser que lo impidan los conjuros de los sacerdotes y el toque de las campanas. Otros autores sitúan el hogar de este monstruo en las cumbres entre Asturias y León, en una casa de tierra.
Este personaje representa el miedo a los fenómenos atmosféricos, a las catástrofes climáticas que arrasan las cosechas.
Sólo los conjuros de sacerdotes y el toque de las campanas pueden espantar al Nuberu, pero la cultura popular de cada zona ha ido transmitiendo distintos conjuros. Más vigente se mantiene esta tradición en municipios asturianos. En Brañaseca, para espantar al Nuberu, encienden una vela bendita. En Pola de Somiedo, Tine o en Allande colocan en el corral la pala de ‘entornar’ el pan y el ‘xarradoiru’, en forma de cruz. Por toda esta zona dicen que las campanas, al ser tañidas, lanzan a la nube un conjuro: ‘Detente nube y nublado / Que Dios puede más que el Diablo / Detente, nube / Detente, tú / Que Dios puede / Más que Tú’.
En León, es quizá en Granjal de Campos donde más se refleja la leyenda del Nuberu y cómo el sacerdote hacía el conjuro para espantarlo, una tradición que, el también escritor e investigador Vicente Martínez Encinas, describe con todo lujo de detalles. “Cuando aparecen nubes, rayos, tormentas y, como llaman en Castilla, los ramales de nubes que amenazan la destrucción de los campos; a los primeros truenos, los concejales y el alcalde acudían al párroco para que conjurase las nubes y las espantase del pueblo alejándolas a terrenos sin cultivar”, así inicia Martínez Encinas el relato.
El cura podía aceptar o no y, según asegura quien narra esta historia, las dos veces que se negó se apedrearon todos los cultivos. Lo normal es que el párroco aceptara y, una vez que lo hacía, sonaba la campana con dos finalidades, convocar a las gentes del pueblo, por un lado, y espantar a las nubes, por otro.
Para el ritual, el párroco había de vestir de capa morada y, dice Martínez Encinas, los dos ángulos de la parte de abajo de la capa debían ser sostenidos por dos almas inocentes, dos niños de menos de siete años pues se pensaba que a los niños inocentes no les caería ningún rayo y, por lo tanto, también el cura se vería protegido.
Con todo a punto, el párroco se dirigía, seguido de todo el pueblo, a la ermita de San Roque portando la Cruz Santa, la cruz que, dicen, tiene astillas de la cruz de Jesucristo. Durante el camino se cantaban las letanías y, una vez allí, en el pórtico de la ermita, se conjuraba a las nubes por el ritual toledano, el mozárabe. El párroco decía: “En nombre de Dios / Yo te destruyo / Yo te comprimo” al tiempo que hacía 21 cruces en el aire. De este modo, aniquilaba a las nubes y las apartaba a lugares sin cultivar. Los conjuros se recitaban dos o tres veces hasta que las nubes desaparecían.
Hecho esto, que duraba unos veinte minutos, regresaban a la iglesia en medio de la llovizna, nuevamente cantando las letanías. Durante este tiempo las mujeres habían quedado en la casa donde encendían las velas que habían estado alumbrando al Santísimo el Jueves Santo. El acto concluía con una inclinación de los concejales ante el párroco al que daban las gracias.
Según explica Vicente Martínez Encinas, habiendo conjuro, “nunca se apedrearon los campos”. Esto, dice, se hacía cada verano unas seis o siete veces y se ha estado haciendo hasta 1970.

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