La oposición que dirige Mariano Rajoy reclama del Gobierno la verdad, y nada más que la verdad sobre la crisis, el paro, y la crudeza de este invierno, ignorantes ellos de que la verdad es un elemento peligrosísimo que hay que administrar y manipular con exquisita prudencia.
La verdad en el fondo no le interesa a nadie, y aunque todos aparentamos perseguirla, muy pocos deseamos encontrarla. El que dice la verdad, el que no tiene pelos en la lengua suele ser un mal educado y un grosero. El mundo marcha gracias a la mentira piadosa, a la esperanza engañosa de la política, a la superchería de la religión, al engaño de la economía, a la falsedad de la justicia, etc. O sea, el sistema está estructurado en torno a la mentira piadosa y a la urbanidad de la engañifa, junto a las finezas simuladas de las gentes bien educadas. Y si nadie, en este mundo absurdo, dice la verdad ¿por qué habría de decirla, precisamente, el Gobierno?
La ciudadanía desea oír la verdad amable, esa que se presenta envuelta en palabras de esperanza cargadas de positivismo, y no quiere la verdad descarnada, trágica y espantosa, que se pide con retórica interesada y torticera.
El jefe de la oposición parece haber perdido la inocencia, y la pérdida de la inocencia siempre es atroz, pero si, en el mismo envite, se deja en el camino el candor y la conciencia de pecado, además de un crimen es una majadería.
Qué tiempos aquellos Mariano, en los que su Gobierno decía siempre la verdad...