Viven en caravanas a pie de calle y conviven con los vecinos del pueblo. Llevan décadas asentados en Villaobispo
A falta de una lavadora, esta mujer de 80 años lava la ropa en la calle. REPORTAJE GRÁFICO DE J.M. LÓPEZ
I. Herrera León
Algunos nacieron ya en una caravana, otros han ido llegando por diferentes caminos. Apostan sus carromatos a veces por unos días y a veces por una vida, como Pilar, que lleva 23 años viviendo en Villaobispo. Allí está su hogar, en un camión que preside una hilera de cuatro caravanas a pie de carretera. En seguida abre la puerta de su casa y con sumo cariño responde a cada pregunta. Tienen montado un pequeño poblado, todo familia, donde destaca la limpieza. Cruzan por el suelo un buen número de cables y tubos. Están enganchados al suministro general de luz y agua, “ahora no pagamos nada, hubo una temporada que sí, pero ahora no”. Forman ya parte del decorado, han visto como Villaobispo extendía sus tentáculos en forma de nuevas construcciones, pero allí continúa intacto su rinconcito. Están empadronados en el Ayuntamiento de Villaquilambre, sus hijos asisten a la escuela de la localidad, son vecinos de la misma y aseguran que la convivencia es buena. Algún altercado puntual se ha producido a lo largo de tantos años, pero indican que son los menos, que las relaciones son cordiales.
Por la puerta del camión se escapa un olor a guiso que hace la boca agua, pero no tienen prisa por sentarse a la mesa y, en corrillo, las mujeres y el pequeño de la casa, un niño de lo más avispado y simpático, se prestan a la conversación. El frío invierno sale a relucir, hace años que no vivían unos meses tan duros. Y claro, para ellos significa no salir de los escasos metros cuadrados que constituyen su casa.
A apenas unos pasos, la suegra de Pilar, con los 80 años cumplidos, lava la ropa en un balde, “ahora estamos sin lavadora”. Dice de ella su nuera que “lo de esta mujer es algo... en otoño, cuando caen las hojas tienes que verla a diario barriendo que no deja ni una por el suelo, barre hasta la carretera”. Y es que la zona está vacía de deshechos, no se ve un papel por el suelo, “los que barren las calles del pueblo por aquí no vienen, no hace falta”. Es más, cuentan que en una visita que les hizo la concejala de Sanidad les dijo que cuando marchaban unos días había que ver cómo dejaba todo de basura la gente. Está claro, es su jardincito y lo cuidan como tal.
En su día, estando al frente del Ayuntamiento de Villaquilambre la corporación anterior inició un proceso para reubicarles junto al río, a la altura del puente, “estaba ya todo listo, pero se quejaron los vecinos de cuatro casas que había del otro lado del río y se paró la cosa”.
Hubo también otro intento de trasladarlos al poblado de Navatejera, “pero eso no podía ser, algunos de ellos habían venido aquí y les habíamos echado, no íbamos a ir luego nosotros para allá, porque mira, nosotros gitanos no somos, porque no los somos, pero la ley es casi la misma”. Ellos mismos se guardan de que aquello no se salga de madre.
Pocos kilómetros más allá, en Villanueva del Árbol, otras tres familias acampan con sus caravanas. Les une también una relación de parentesco con la familia de Villaobispo. Pero esta es una zona que sí ve crecer su ‘población’ durante los meses de verano, pues es el lugar elegido por muchos feriantes nómadas que huyen del frío en invierno y regresan con los festejos del verano, cuando hay trabajo.
Pero, sin duda, el poblado más extenso y variopinto es el que se asienta en Navatejera. Alrededor de quince caravanas, camiones y chamizos configuran un pequeños pueblo de feriantes. Aquí les instalaron hace ya unos años. Es hora de comer y se ve poca gente por la zona. Este poblado está más alejado del núcleo poblacional. Según cuentan, las relaciones son también bastante cordiales con los vecinos de Navatejera, algunos de los chavales asisten a clase en el pueblo y muchos están empadronados también en el Ayuntamiento de Villaquilambre.
En Villaobispo opinan que el acondicionamiento que les hicieron era envidiable, “con luz, agua, unas chabolas que estaban bien”, pero “les duraron dos días”.
No creyeron lo mismo entonces las seis familias que, con sus 17 hijos, fueron trasladadas a este solar con el objeto de separar las caravanas del pueblo e impedir conflictos con los vecinos.
Hace casi una década del traslado. Los llevaron a una explanada circular, cercada, situada en un recodo del camino de Fontanilla.
Aquí las respuestas son más escuetas. Desde entonces, más ambulantes han ido estacionando su casa en este solar. Los primeros en llegar hicieron públicas sus quejas. “Aquí no hay ser humano que pare. No somos perros para vivir aquí”, decían entonces. El frío era otro de los inconvenientes que veían al terreno, pero, de momento, allí siguen acomodadas varias familias de feriantes que se ganan la vida como pueden, unos en las ferias, otros con la chatarra u otros gracias a la pensión.