Casi lo habían logrado, convencernos, la historia había terminado; el capitalismo, para satisfacción de todos, constituía la forma definitiva de organización social, la victoria ideológica de la derecha, representada por los neoliberales y la economía de mercado, se había consumado. Pero los espectaculares acontecimientos que se están produciendo en el mundo, están poniendo de manifiesto que la ‘economía’ de mercado tal y como la conocíamos hasta ahora no era más que una para-ciencia, carente de todo fundamento científico. Este tipo de economía ha estado utilizando una fraseología de apariencia razonable y seudocientífica. Para ser convincente debía decir, de pasada, un mínimo de cosas sensatas y admisibles, y lo ha hecho con métodos idénticos a los de cualquier secta, en primer lugar el esoterismo del lenguaje: el de las matemáticas de pacotilla para uso de no-matemáticos. Desde luego, no es casualidad que en el llamado mundo occidental desarrollado hayan proliferado simultáneamente las sectas de economistas arrogantes que ayudaron a elaborar el discurso neoliberal y los charlatanes religiosos defensores del creacionismo.
Bajo la estrepitosa debacle del neoliberalismo económico se consuma con menor ruido el fracaso del liberalismo teórico. Doble fracaso pues. Fracaso científico y fracaso ético. Porque lo que han estado fomentando tanto las sectas religiosas occidentales, como los gurús de la economía de mercado, desde hace ya varios lustros, no es más que una sociedad de propietarios privados en competencia libre y no desvirtuada; en definitiva, la sociedad del individuo competitivo carente de cualquier tipo de solidaridad y es que, como ya sabemos, los seguidores de cualquier dogma, espiritual o material, creen que en su fin están sus principios.