Estamos asistiendo con cierta desazón a lo que podríamos denominar la ramplonería de la política, vemos como desde ciertos sectores políticos se intenta proyectar el caos predicando desde cualquier atril el Apocalipsis para conseguir el ‘cuanto peor-mejor’.
La situación económica y social en la que estamos inmersos es tan sumamente grave que necesita de una acción política solvente y responsable. Es el tiempo del interés general, de empujar el carro, de unidad sin fisuras frente a las necesidades sociales presentes y futuras. Es el momento de arrimar el hombro y mantener una posición de ayuda desinteresada que redunde en beneficio de la colectividad, dejando en un segundo plano los réditos políticos y económicos. La ciudadanía es inteligente, y llegado el momento, sabría valorar y premiar en sus justos términos estas prácticas de acción positiva de la política.
No es de recibo observar como se publicitan beneficios multimillonarios por parte de un sector bancario que cercena de forma criminal el futuro de millones de ciudadanos. Es frustrante comprobar como desde la oposición se intentan aprovechar las heridas sangrantes de la crisis para cosechar beneficios electorales, practicando una acción política basada en la palabrería de mercadillo, sin ofrecer ni una sola alternativa responsable. Puede que la respuesta a lo que algunos califican como, sorprendentes e incomprensibles encuestas, esté en la mediocridad, en la ausencia de credibilidad que ofrece la posible alternativa.