Lleva semanas sentada bajo el Arco de la Cárcel esperando la voluntad. Su hija es el motivo del largo viaje desde Rumanía
I. Herrera León
Me permites que te invite a desayunar?” Levanta la mirada del suelo con cierto recelo (¿quién invita hoy en día a un desconocido a algo?), y entre sorprendida y desconfiada contesta:
– Pero es que no tengo dinero.
Aclarado a cargo de quién corre la cuenta recoge sus pertenencias (una mochila) y se disculpa por su castellano poco preciso.
¿Quién es esa joven que desde hace semanas pide sentada bajo el Arco de la Cárcel arrugada por el frío? No le importa contar que viene de Rumanía, que llegó hace apenas un mes a León tras un largo viaje en autobús con su marido y que en su país ha dejado una hija de cuatro años. Formuladas las respectivas presentaciones escupe la preocupación que le lleva ya carcomiendo varios días, tiene un dolor muy fuerte en el pecho que le atraviesa hasta la espalda. Dice que ha ido a un hospital pero que le dicen que tiene que pagar 60 euros para que la reconozcan. Se trata de una clínica privada. Ahora sabe dónde está el Hospital de León, pero su situación no es del todo regular y no sabe si esto será un problema.
No es la primera vez que viene a España a buscar trabajo. Hace unos años probó suerte en Salamanca, pero después de un par de meses de intentos tuvo que regresar a Rumanía. Esta vez quiere intentarlo en León, una amiga le había dicho que aquí tenía un trabajo, “pero era mentira”.
Su marido también vaga por León buscando empleo. A ella, día tras día y casi siguiendo un horario, se la puede encontrar bajo el Arco de la Cárcel puesta en cuclillas y con un pequeño cesto de mimbre en la mano con la esperanza de que caiga en él alguna moneda.
“Unos diez euros al día” es lo que dice que suele sacar. “Se lo mando a mi hija a mi país”, añade. Poder comprar una casa en Rumanía para su hija es su sueño, es el motivo porque el cual ha venido a León. Aunque de momento no les llega ni para comer. Come en el comedor de la Asociación Leonesa de la Caridad, aunque dice que hoy ya no va a ir porque con lo que ha tomado –un zumo y una porción de pizza que no acaba y se lleva envuelta en un papel– ya tiene bastante. Luego ya cuenta que lo que pasa en realidad es que se siente mal sabiendo que ella come y que su hija, en Rumanía, no tiene qué comer. Las noches las pasan, ella y su marido, en un parking que, al menos, no es tan frío como la calle, aunque dice que está siendo duro, que tienen dos mantas, pero que casi no abrigan.
Quiere trabajar, poder hacer realidad su sueño y darle un hogar a su hija. Piensa que, quizá, a través del periódico alguien pueda echarle una mano. Además, por lo que ha podido comprobar hasta ahora, la gente de León es muy amable, durante las semanas que lleva apostada bajo el Arco de la Cárcel más de un vecino ha tenido algún detalle generoso como darle algo de comida o algo de ropa.
Mira el reloj que cuelga en la pared de la cafetería. Las doce. “Es tarde”. Y regresa de nuevo a la sombra de la piedra, se pone en cuclillas, agacha la mirada y extiende la mano. Antes, ya ha dado las gracias cinco veces.