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EL PULSO Y LA CRUZ / Antonio Trobajo Díaz

Edad oscura para nuevos bárbaros

La historia es un almacén de barbaridades producidas en nombre de diversos valores (o antivalores, según se mire) que eran los dominantes en cada momento. Esparta eliminaba a los niños con discapacidades, porque no servían al valor máximo de la prestancia física de una polis volcada en el arte (?) de la guerra. Israel pedía a Yahvé que las mujeres de sus enemigos quedaran viudas, en aras de la supervivencia del pueblo. Roma aplaudía las crueldades del circo en desviación increíble de una presunta estética de la sangre. Las nacionalidades incipientes cristianas pusieron en marcha unas cruzadas contra el moro en razón de la imperiosa necesidad de evitar profanaciones y abrir caminos de peregrinación. Los calvinistas quemaron al teólogo y científico aragonés Miguel Servet, ya que contravenía el fixismo de la Sagrada Escritura, intocable en aquel momento de miopía exegética. A Darwin lo caricaturizaron como un simio, puesto que era insufrible que la soberbia humana asumiera el parentesco biológico con seres ‘inferiores’. Y hace unos días hemos privado de agua y alimento a la joven Eluana Englaro hasta la muerte, amparados en el convencimiento de que sólo es digna de la condición humana una vida consciente, productiva y que se valga por sí misma. O tal vez arropados por una piedad mal entendida, que quiere evitar el dolor y la minusvalía, como si éstos fueran inhumanos. O quizá con fundamento en la extraña logicidad que nos conduce a atrevernos a disponer de la vida y hacienda de otros, cuando ellos no pueden expresar sus voluntades, presumiendo lo que ellos querrían. Uno piensa, desde su condición de creyente, que, cuando arrancamos a Dios de la concepción sobre el mundo y sobre el hombre, todas las barbaridades son posibles. No se olvide que barbaridad viene de bárbaro. Hay quien dice que, embocados a una nueva ‘edad oscura’, estamos siendo invadidos por ‘nuevos bárbaros’. Y conste que los entrecomillados no son míos. Piquemos ahora aquí y allá por los pulsos de nuestras diócesis. Felicitaciones a Miguel Sánchez Ruiz, el deán catedralicio, que en Astorga dejó atrás sus 49 años de docencia. Y a quienes han puesto en marcha en Santa María del Páramo un curso sobre la Biblia, que tanta falta nos hace. Y a monseñor Rafael Palmero, que pregonará la Semana Santa astorgana. Y a la novicia que ayer hizo profesión en el convento de las Carbajalas. La vida sigue. No sé si igual.

Antonio Trobajo es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León

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