Tantos asesores y faltaba la bandera de León. Menos mal que Herrera vio la jugada a instancias del bueno de Chamorro. Hubiera sido una metedura de pata, pero sobre todo una falta de sensibilidad con lo que quiere ser la celebración del 1.100 aniversario del Reino de León. La puesta de largo no podía tener otro escenario que la Real Colegiata de San Isidoro. Si alguien representa mejor que nadie los valores de esta tierra es la joya entre las joyas del arte románico. Por muchas razones. San Isidoro fue un hombre universal. No se enrocó en aprender leonés, sino que quiso extender su sabiduría por los confines del mundo. El Panteón de los Reyes se ha salvado de todas las quemas gracias a sus canónigos, que guardaron celosamente los huesos de la monarquía leonesa en tiempos de la revuelta de los franceses. San Isidoro es también un lugar abierto a todos. La puerta de su iglesia no cierra ni de día ni de noche. Su casa de espiritualidad es un modelo de gestión del patrimonio. No hay que cerrar edificios; hay que abrir sus puertas y darles nuevos usos. Pronto se abrirá también el centro de estudios bíblicos, otra aportación más de un recinto que nunca ha perdido su identidad. La historia reciente de San Isidoro no se podría entender sin la figura clave de Antonio Viñayo. Ha sido su gran defensor, su gran divulgador. Francisco Rodríguez y todo su equipo han recogido el testigo fieles a la tradición. Hablemos del 1.100 aniversario, pero reconozcamos también a San Isidoro.