Alguien también desde el espacio de esta tribuna, parece elogiar el gesto del fiscal Bermejo habiendo dimitido como ministro de Justicia. Es lo que nos faltaba, que se felicite a alguien por asumir su responsabilidad. Por otra parte, tampoco sabemos muy bien si esto ha sido un cese pactado o una dimisión voluntaria, y lo digo porque él mismo se había enrocado en su comparecencia en el Congreso. Pero tanto sus compañeros de gobierno, como sus compañeros diputados, le dejaron solo. Hoy le halagan pero después de haber creado una presión sobre él que ha forzado las cosas.
Objetivamente, el ministro de Justicia cuya imagen ha de ser la de la ley y la aplicación justa del derecho, no puede tener esos tics de otras épocas, de hacer lo que quiere. Y no es ingenuidad cazar sin licencia o ignorar en qué comunidad autónoma se está, más bien es prepotencia porque lo hace a sabiendas de que ningún guardia civil le va a pedir la licencia. El gesto de la dimisión para el marketing político es el ideal, pero como higiene democrática no. Se va sin explicar qué habló con el juez Garzón y qué intereses políticos tenían entre manos, y eso es lo peor de toda esta historia. Más grave aún me parece que Garzón haya dicho que no se inhibe de la causa hasta pasadas las elecciones autonómicas vascas, y gallegas, estas últimas las importantes a estos fines. Para algunos conservar el poder lo justifica todo. ¿Acaso estos episodios no menoscaban la imagen de la justicia española?
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