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LA ESQUINA / Javier Santiago

Las cosas pequeñas

Empieza a rodar un pequeño grano de arena. Es un fragmento minúsculo que se libera y se va cuesta abajo. Se desliza y su ejemplo anima a otros granos. Todos ruedan y ruedan, sin ruido, sutilmente. Bajan por la ladera y golpean con sonidos minúsculos contra el asfalto orgulloso de la autovía.
De repente, las cosas pequeñas se convencen de que pueden provocar grandes reacciones. Un grano, otro grano y otro grano más acaban forzando a las piedras menores. Estas ya chapotean con cierta fuerza y sus golpes agrietan las rocas más grandes. Un día, toda la ladera está movilizada y su rugido, heredero de aquel primer sonido imperceptible, hace temblar el orgulloso ritmo de las carreteras, los camiones y los diputados.
Y así, aquel primer grano valiente e inconsciente, acaba convertido en la mota de polvo que mancha la camisa del político. Y, de pronto, todo lo que parecía seguro y firme se tambalea. Y el tráfico regresa a la vieja y estrecha carretera. Y las autoridades que un día inauguraron la autovía a trozos y por triplicado critican que se desplome diez años después. Y todos se sorprenden y se acusan, sin prestar atención a las cosas pequeñas.
Porque las cosas pequeñas son casi invisibles, no hacen ruido y apenas se notan cuando empiezan a reunirse y a rodar cuesta abajo. Y nadie ve en la mota de polvo que se aferra humildemente a su ladera el alud que un día tritura el ritmo mecánico, económico y aparentemente invulnerable de la actualidad.
Y así, las cosas pequeñas siguen manteniendo su fuerza. El poder invencible y secreto de la primera gota de la riada, el primer rayo de sol del día de autos, el primer beso de los enemigos, la primera larva de la plaga o el primer grano de arena del derrumbe.

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