Hacia el final del conflicto muchas unidades españolas se equiparon con uniformes de estilo británico, `morriones´ altos y casacas cortas.
Arsenio García Fuertes Ponferrada
Todavía hoy, el Ejército Español sigue siendo uno de los grandes olvidados de las guerras napoleónicas. Las derrotas que empezó a sufrir, luego del espejismo de Bailén, junto con el intervencionismo militar en política durante los siglos XIX y XX, causaron tal descrédito en la imagen del Ejército, que su heroica lucha entre 1808 y 1814 fue quedando relegada al olvido.
Aún hoy cierta historiografía se empeña en ignorar que si los 60.000 soldados aliados británicos y portugueses del duque de Wellington consiguieron mantenerse en la Península durante cinco años, frente a las fuerzas imperiales (que contaron con efectivos de hasta 300.000 hombres), fue debido a la existencia de varios pequeños Ejércitos Españoles. Estos, con unos efectivos de apenas 150.000 soldados, combatieron sin desánimo (muchas veces en solitario) contra las fuerzas del Emperador.
Durante el siglo XVIII los borbones habían desarrollado unas fuerzas militares demasiado grandes y desproporcionadas para lo que un pequeño país como España era capaz de mantener. La Real Armada y El Ejército Real no se adecuaban a las posibilidades económicas del país, de ahí venía parte de su mala situación.
El Ejército y la Marina consumían en 1807 el 77 % de los recursos de la Hacienda Real. En 1807 se destinaban más de 362 millones de reales a sostener el Ejército y otros 409 millones para la Armada. En 1811, al tercer año de la guerra y con un país ocupado y casi destruido, apenas había 200 millones para sostener todos los gastos del Estado.
La falta de entrenamiento y de buenos oficiales se dejó notar enseguida en los primeros meses del conflicto. A pesar de su coraje, las tropas españolas eran inferiores a las francesas:
“Nuestras tropas marchan al enemigo con el mayor denuedo; pero si a su presencia se las hace maniobrar, interpretan la evolución por derrota, se desordenan, y luego la oficialidad ya no es dueña de sus movimientos. A mas de esto ¿De dónde nos ha de venir el conocimiento de las evoluciones, cuando hace un siglo que no hacemos la guerra?. ¿Y en estas circunstancias queríamos vencer a los franceses que hace veinte años tienen las armas en la mano?”
El Ejército Español (formado básicamente de Infantería) será deficitario en las armas especializadas sin las que era muy difícil vencer al Ejército Imperial: Artillería y Caballería (muy caras de mantener y más lentas aún de adiestrar).
La Artillería dotada de una alta instrucción, se resentirá por la escasez de ganado de tiro. Todo ello tendrá como consecuencia que nunca será capaz de alinear en batalla un número suficiente de piezas, siempre inferiores a las que les presentarán los franceses.
Respecto a la Caballería, con una crónica escasez de monturas debido a las penurias económicas, fue el punto débil en la mayoría de las batallas que se perdieron.
Otra consecuencia de la bancarrota del Estado era la casi inexistencia de Academias Militares. Ello hizo que la formación de la mayoría de los cadetes se confiara a las escuelas regimentales que fomentaban el más rancio tradicionalismo e inoperancia táctica.
En 1808 el Ejército tampoco disponía de un organismo específico dedicado a su mantenimiento. La Real Hacienda nombraba Intendentes Militares que se limitaban a tratar de reunir dinero, víveres y transportes por las zonas en las que operaban las tropas.
Cuando el Ejército se movía por regiones ya arruinadas por el paso de otras tropas, por comarcas montañosas, o avanzaba y retrocedía con demasiada rapidez, el sistema fallaba condenando al hambre y al desabastecimiento a los soldados.
Por otra parte, en 1808 la edad media de un general español jefe de Ejército era de 54 años, mientras que el jefe de un Cuerpo de Ejército Francés no rebasaba los 42. Ello era una desventaja añadida ante el esfuerzo mental y físico que los puestos de mando imponían en campaña. A pesar de ello, los generales españoles harán gala de un gran espíritu ofensivo, buscando siempre el encuentro con el contrario para entablar batalla con él.
En cuanto a las tácticas de batalla, la maniobra envolvente será la preferida de los generales españoles cuando actuaron en solitario sin la asistencia británica. Por el contrario, las tropas imperiales, siguiendo la más eficaz táctica napoleónica, buscarán siempre el ataque directo al centro de la línea de batalla enemiga.
El adiestramiento de las tropas dejaba bastante que desear. La instrucción de tiro era muy deficiente. El soldado realizaba anualmente sólo 10 disparos con bala y 70 de fogueo. Por ello se estimaba que apenas uno de cada 100 disparos daba en el blanco. Antes que en la puntería individual se hacía énfasis en cargar con rapidez y disparar al unísono por batallones.
En consecuencia, la táctica española de infantería consistirá en tratar de cerrar distancias rápidamente con el enemigo para cargarle a la bayoneta. Muy pocas veces los infantes españoles conseguirán lograrlo durante la guerra.
La pérdida de calidad de la infantería española (con el aluvión de reclutas recibidos en los primeros meses de guerra y el débil adiestramiento) hace que se vea impotente para frenar en combate a la francesa.
Por desgracia, en plena guerra, y con un Gobierno en bancarrota económica, eran muy difíciles de conseguir los medios para reformar al Ejército. Como diría Pedro Girón, Marqués de las Amarillas y por entonces coronel de infantería:
“Todos sabíamos esto, pero era preciso pelear para aprender a vencer y empezar por ser vencidos para salvar a nuestro país.”
A pesar de todo, el soldado español era un digno oponente a las fuerzas imperiales. De extracción mayoritariamente campesina y habituado a una vida dura. Su coraje y paciencia eran la mejor materia prima para hacer de él un excelente soldado si tenía buenos mandos y si había unos mínimos medios para equiparlo, instruirlo y alimentarlo.
Un acertado juicio nos lo da el general francés Maximiliam Foy: “El español ha recibido de la naturaleza la mayor parte de las cualidades para hacer de él un buen Soldado: su sobriedad es extrema, su paciencia a toda prueba. Después de los franceses, los españoles son los primeros en ser capaces de hacer grandes marchas o de franquear montañas...”
De las sangrientas enseñanzas recibidas en 1808 y 1809 saldría el nuevo Ejército Español que, al final de la guerra, conseguiría los brillantes éxitos de Vitoria, San Marcial y Toulouse. El ejército aliado anglo-portugués se llevará los mayores laureles en la guerra, pero sólo gracias a la labor incansable y de desgaste que hizo el Ejército Español, el único de todos los Aliados Europeos en combatir sin interrupción ni desánimo desde 1808 a 1814.