En la columna de hace dos semanas se me ocurrió aclarar lo de que no se pueden mezclar las preñadas con las paridas anteponiendo la palabra ovejas, con evidente intención de que quedara claro el refrán.
Más de un amigo y lector, que hay que agradecer la dedicación, pues se conoce que no tienen bastante con escucharme, que además, hasta me leen, digo pues, que más de uno me preguntó que porqué hacía la aclaración, pues todo el mundo sabía de qué iba.
Craso error. Posiblemente sea así, además de que, cuando uno habla, puede aclarar, pero escribiendo ya no está tan claro.
Me explico: hace unos cuantos años, en una reunión celebrada en Barcelona de todos los tesoreros de los Colegios de Arquitectos (entonces yo lo era del de León), y que presidía el secretario del Consejo Superior de Arquitectos de España, también arquitecto, se discutía sobre un tema cuyos pormenores no vienen al caso. Tomó la palabra el secretario, y yo le dije “bueno F…, no se pueden mezclar las preñadas con las paridas, porque esto es diferente…”. De cuadro me quedé cuando, muy serio, me respondió: “Mira, yo no digo paridas”.
Con los ojos como platos quedeme. ¡Vaya! Cómo iba yo a suponer que él, con un nivel de cultura reconocido podía no saber a qué me refería.
Claro que no ha sido la única, porque algo parecido me sucedió también con otra señora arquitecto (con perdón de las feministas, pero arquitecta me suena fatal). Aconteció en Salamanca, con ocasión del Congreso de Arquitectos de Castilla y León, también hace unos años.
Me encontré con dicha señora, que lo era, y, en medio de un buen grupo de gente. En vez de darla el beso de rigor y habitual, pues había una buena masa interpuesta, la dije, con la mejor de mis sonrisas: “Hola M... date por osculeada”. Madre mía con qué cara se quedó. La luz roja se me encendió. “Aclara inmediatamente que un ósculo es un beso, y que osculear es besar, porque si no, me temo que acabas de perder su amistad”.
Así lo hice con celeridad de rayo y no fue la cosa a mayores, aunque me temo que no quedó muy convencida.
Así que, y desde entonces, procuro aclarar cualquier expresión que esté sólo un poquito más allá de lo habitual, aún a riesgo de parecer que no considero muy informados a mis interlocutores.
¿Se comprende ahora la aclaración?
José Álvarez Guerra es arquitecto