Hay cosas que hoy, a principios del siglo XXI no dejan de sorprenderme o no me sorprenden nada, depende de cómo lo analice. Algunos ciudadanos pertenecientes a la izquierda de este país viven aún a estas alturas con el estigma de su procedencia social. Yo estoy orgulloso de no tener procedencia ilustre. Desde luego mi procedencia y la de los innumerables personajes que conozco en la política son más humildes que la del propio señor Zapatero. Apellidarse Fernández es lo mismo que apellidarse de cualquier otra manera, que ya se sabe, que como dicen los asturianos “de padres panes, hijos panines”.
Es el viejo recurso de la izquierda, su incompetencia se resuelve acudiendo a la demagogia del origen. Es emético. Lo que el ciudadano le pide a sus gobernantes es que atiendan y resuelvan sus problemas. El estigma que para algunos supone no ser ilustre nos conduce a políticas de gasto estilo Touriño. Despedir de forma ilícita a cientos de trabajadores, con el coste que supone, privatizar el agua y tener desatendida la ciudad es igual que lo haga Fernández, que su porquero.
La deuda municipal también la vivieron otros, y la viven muchos ayuntamientos que atienden las necesidades de sus ciudadanos. La izquierda, Zapatero, prometió abordar la financiación municipal en las primeras, y en las segundas elecciones a las que concurrió, y al día de hoy nada nuevo hay bajo el sol. Ser un buen gobernante no depende del origen o del apellido, depende mas de la capacidad y del esfuerzo.