Los alumnos del Legio VII animaron la llegada, a la salida había mucha más gente en San Isidoro
Los alumnos del Instituto Legio VII asomados a las ventanas de las aulas esperando la llegada de la Reina a las inmediaciones de la plaza de Santo Martino. MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández León
Lo más complicado era aparcar cerca de San Isidoro. Y, si lo lograbas, pronto aparecía una autoridad (de azul, verde o marrón, que de todo había) y amablemente de pedía:
— ¿Me abre el maletero?
— Allá usted.
— ¿Y esa pala?
— Por estas tierras nieva, aunque la Reina y su familia vayan a esquiar al sur.
Ni palabra. Ellos están a lo suyo, que no es precisamente organizar filandones.
Después, ya en la plaza de Santo Martino la afluencia no es tan numerosa como hacía presagiar la presencia de la Reina y un buen número de autoridades. La cercanía del Instituto Legio VII hace que los chavales hagan bulto, aunque no parezcan muy interesados por el acto que allí se va a celebrar, aunque le dicen lo contrario al profesor que a las doce menos cinco sale a pedirles que entren y vayan a clase.
— Pero profe, que es la Reina, la Reina de España.
— Venga, a clase, que todavía tarda.
— Llega a las doce, lo ha dicho esa chica de la libreta que es de la prensa.
— A las doce llega al aeropuerto, después tardará más de media hora hasta aquí; miente el profesor, no sé si a sabiendas de que lo hace.
Los no escolares no llegarían a las cien personas. Como casi siempre los jubilados tienen mayoría y, en este caso, las jubiladas. Entre ellas hacen corrillos de los más variados. Se nota que están en la pomada de la realeza.
— ¿No habrá venido el Jaime Peñafiel ese, porque le quería decir yo cuatro cosas?
— Bueno mujer, ese andará a lo suyo.
— Lo que pasa es que ya no le hacen caso, antes lo mangoneaba todo él y como le pusieron freno está como un basilisco contra Leticia, contra la Reina ¡Qué cosas dice el sinvergüenza!
— ¿Y quién es?
— No, no viene.
Hace bien, porque la mujer parecía dispuesta a cantarle las cuarenta a don Jaime.
Al lado conversan un grupo dejubilados que teorizaban sobrelo suyo, las obras, concretamente las de la variante esa que están haciendo en Mariano Andrés hacia la Universidad. “Estaban hoy los de Gebomsa poniendo unas vigas de treinta metros, por lo menos, pero se empeñó éste en bajar para acá”. Y aprovechando que la mujer de Peñafiel parece estar al tanto de todo le preguntan.
— ¿La Reina viene sola?
— No, viene un ministro y Herrera y el alcalde y estará Isabel Carrasco, que ésa nunca falta.
— No, pero el Rey o las princesas o alguien más.
— El Rey estará a lo suyo.
— Y la princesa que se separó, ésa ahora no tiene otro pito que tocar (sic. chistes fáciles no, gracias), podía venir con ella.
— Esa va todos los días a recoger a los niños al colegio.
— ¿Y para qué quiere el servicio?
La mujer se da cuenta de que la pregunta tiene retranca y vuelve a la conversación con su grupo. Entonces los jubilados se mosquean algo y hurga otro, el que no quiso ver las obras de Gebomsa.
— El servicio lo querrá para lo que todo el mundo, ¿o las princesas no mean?
El asunto ya se estaba yendo de las manos, en la espera, y aparece Cheva, con la bandera de ‘Autonomía para León’, impecable con un traje azul marino y, eso sí, la boina.
Le animan a que se ponga en primera fila pero él rehusa.
— No, estoy bien aquí, si yo no quiero estar en primera fila, lo que se tiene que ver es la bandera y ésa la van a ver.
Tiene razón pues sobresale sobre las cabezas de todos los asistentes. David Fernández, de NNGG del PP, ironiza: “Es una pena que no haya viento para que mueva la bandera”.
La cosa está muy tranquila. Debemos tocar a un guardia o policía por jubilado (los del instituto aparte, pues esos parecen estar sólo para hacer bulto). Y hay un guardia con un bigotón que da la impresión de controlar él solo a media plaza.
Ya son las doce y empieza a haber movimiento de coches. Herrera ya está allí, Amilivia también, Eduardo Fernández ya estaba a primera hora, el alcalde aparece y la mujer que dice que Isabel Carrasco está siempre tiene que rectificar.
— No veo a Isabel.
— Preysler; hurga de nuevo el jubilado incordión.
A las doce y cinco aparece el coche de la reina. Se apea. Aplausos, tímidos pues no hay gente para más. Entonces las del Instituto les pica la curiosidad y toman los puestos de privilegio. Los móviles se ponen en la función cámara y disparan, alguna que tiene novio (o amigo fuerte) se sube a sus hombros y dispara (fotos) desde una posición privilegiada. Una de las colegialas parece enterarse de quién es y asegura: “Pues es muy guapa”.
— Es un doble; dice su compañero, de curso. Los móviles siguen disparando. Alguna llama a la vez: “Tía, esta la Reina”.
La aludida sonríe y saluda. Lo hace bien, las dos cosas. Le hace un gesto a las escoltas y se acerca hasta un grupo que le pide que lo haga con más insistencia, el grupo en el que se encuentra la chica que se ha subido sobre su novio o amigo fuerte y ésta le hace fotos, casi primeros planos.
— ¿Qué tal?; repite mientras saluda.
— A mí, a mí, majestad; le dicen los dueños de manos que se estiran para acercarse a las suyas.
Sonríe y saluda. Después regresa y recibe los saludos institucionales. Por más que el alcalde Fernández diga que hace deporteno lo demostró y apenas agachó la cabeza mientras Herrera hizo alarde de aprovechar los abdominales que practica en el gimansio y bajó la cabeza casi hasta el suelo.
Y entraron.
Después de dos horas en el interior se corrió la voz de que iban a salir por la plaza de San Isidoro. Se congregó mucha más gente, ya era la hora de los vinos y la plaza está más transitada. Hay cientos de personas. Ahora la Reina no rompe el protocolo, saluda ante los aplausos, sonríe y se sube a su coche.
Más aplausos y algún comentario socarrón.
Esto es todo amigos y como nadie lo ha dicho os lo digo yo: “Muy discreta, muy elegante, muy profesional”.
Diga Peñafiel lo que quiera.