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UNA IMAGEN Y 236 PALABRAS


Tocando las
narices a la Reina

Cuando una reina, la que hay, se apea del coche se pone firme hasta el chófer de Ataulfo –‘el comunista’ del cartel de ‘curas y monjas a trabajar’– si lo hubiera tenido.

Cuando una reina, la que hay, va saludando a las autoridades que otras veces te miran a ti por encima del hombro son ellas, las autoridades, las que hacen una reverencia y dan unos cabezazos que no se golpean contra el suelo porque se lo impide la barriga, en unos casos; la baja forma física, en otros; o la vergüenza, pues no podrían después presumir de republicanos tomando vinos por el Húmedo.

Y su Majestad sonríe y saluda con tan repetida profesionalidad que nos parece sincera. Y va dando la mano; a algunos los conoce, otros le suenan, de muchos le dicen quién es y escucha ensimismada las explicaciones de Jesús García Recio, un sabio que te habla del paraíso y pareces estar dentro de él.

La anécdota siempre surge cuando se rompe el protocolo, algo que sucede en dos direcciones: cuando ella quiere romperlo o cuando acude a dar la mano a quien nada sabe de protocolos, saludos, cabezazos, reverencias y, además, están convencidos de que las reinas son personajes de cuentos de hadas, que viven en los bosques... Y no pueden evitar comprobar si es de carne y hueso.

Y le tocan las narices a la reina.

df
Mauricio
Peña
Ful
Fulgencio
Fernández

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