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la esquina / Javier Santiago

La Guerra de la Independencia

Le pasó por meterse donde no debía. El general Colbert podía haber sido cualquier otra cosa menos general. Debería haberse quedado en Francia sin pensar en la gloria. Pero no. Se lanzó a la carrera militar, siguió a Napoleón en su aventura española y acabó palmando en Cacabelos, con la cabeza reventada por el disparo de un modesto fusilero inglés, Tom Plumket.
Gracias a las ansias de fama de Colbert y a la puntería de Plumket, el Bierzo también tiene su pedazo de gloria en estos tiempos en los que el bicentenario ha devuelto a la memoria la Guerra de la Independencia.
En medio de los ruidos habituales de la actualidad, los recuerdos de aquel episodio acaban diluidos en medio del espectáculo de los actos conmemorativos. Por eso, los fastos pasarán y seguiremos sin aprender nada.
Continuaremos ignorando el mensaje de aquel episodio en el que España sacó de sus tripas lo mejor y lo peor. Aquel tiempo en el que modestos currantes protagonizaron gestas heroicas y salvajadas atroces. Una época de reyes despreciables, de vasallos deseando las cadenas y de exilio para lo más respetable y siempre incomprendido del país.
Hace 200 años, la pobre, castigada y cainita España derrotó por primera vez a base de coraje y furia cerril a un ejército que hasta entonces parecía invencible. Y, una vez más, se derrotó a sí misma encumbrando a lo más rancio y triturando a lo más noble.
Ahora, 200 años después, miramos a aquella historia como si fuese ficción. Nos quedaremos con el festival de trajes y lances novelescos y olvidaremos que la Guerra de la Independencia nos está gritando todavía lo que somos. Y lo que seguiremos siendo, mientras no cambie la cosa.

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