El paso de la Sagrada Cena en uno de sus momentos culminantes en la Plaza de la Catedral. En pequeño a la derecha, detalle de algunas de las esculturas que forman parte del paso.
M.C.C. Ponferrada
El paso más imponente de la Semana Santa de León acaba de ser restaurado. La Sagrada Cena de Víctor de los Ríos luce ya de nuevo sus colores originales, los mismos que aplicó el artista cuando la hermandad de Santa Marta le encargó la escenificación de uno de los momentos culminantes de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret.
Poco después de constituirse la nueva cofradía, en 1945, auspiciada por el gremio de hosteleros de la ciudad y el todopoderoso obispo Almarcha, se realizó el encargo al artista cántabro, el 25 de marzo de 1948.
El 6 de abril de 1950, dos años después, Jueves Santo, se estrenaba el mayor paso de la Semana Santa leonesa, que previamente había sido presentado con su trono en bronce en la Dirección General de Marruecos y Colonias de Madrid, y posteriormente en el Instituto de Enseñanza Media de León.
Inicialmente no se presentó como ahora, en una composición “apaisada”, sino en dos hileras que presidía Cristo. “Sea como fuere, el paso siempre presentó la misma espectacularidad, el realismo de las imágenes de los apóstoles, de tamaño natural, potenciado por el hecho conocido de ser retratos de personas distinguidas de aquel León emergente de mediados del siglo XX, hizo que la popularidad de este “monumento sobre ruedas” traspasara fronteras”, señala el historiador leonés Gonzalo Márquez.
Un rito poco conocido que acompaña la procesión de la Sagrada Cena es la bendición de las 13 hogazas que, colocadas sobre el mantel realizado y bordado por las Madres Benedictinas de Santa María de Carbajal, alrededor del que se disponen los apóstoles para simbolizar la cena pascual y la institución del Misterio de la Eucaristía, serán repartidas tras la finalización de la procesión, en la plaza de Regla, acto que tiene lugar desde la Semana Santa de 1982.
Según Javier Antón Cuñado, biógrafo de Víctor de los Ríos, León no ha hecho justicia con un escultor que dio vida a su Semana Santa. Víctor de los Ríos es todavía controvertido, quizá porque su obra no tiene adscripción a vanguardias, lo que para muchos críticos lo descalifica. “La crítica es muy adepta al concepto de artista como innovador, que en nada ha valorado la coherencia y la autenticidad del artista hacia su obra, exceptuando los últimos movimientos críticos favorables a tendencias realistas como la representada casi en solitario por el excepcional Antonio López. Estilísticamente, Víctor de los Ríos no es adscribible a ninguna escuela. Su lenguaje es absolutamente personal y no tiene antecedentes iconográficos ni de estilo en autores anteriores. En ello, es realista y figurativo como se venía siendo desde setecientos años antes, pero totalmente original, innovador e independiente. Ni siquiera son identificables en su obra los rasgos de sus escultores admirados y a los cuales el propio Víctor dice seguir. Su obra se caracteriza por una total corrección formal, nada preciosista sino muy honda y expresiva, muy sincera y decidida. Serena, no efectista ni teatral -a mal Cristo, mucha sangre- decía Víctor. Su veracidad se expresa en estudios compositivos, anatómicos, retratísticos, profundamente documentados, en ocasiones arqueológicamente”, señala Alfonso González Palau, otro experto en su obra.
Como apunta García Villacañas, sus obras se pueden ver desde cualquier ángulo porque en nada falla el dibujo, lo cual demuestra la seguridad de su dominio.
La hermandad de Santa Marta celebra desde ayer una exposición sobre la restauración del paso que se puede ver en la sede del Nuevo Recreo Industrial, en la plaza de San Marcelo. Sólo una conferencia de Antón recuperará este año la memoria del artista.