Carta desvelada esta semana por la Reina Doña Sofía en su visita a San Isidoro. MAURICIO PEÑA
Manuel C. Cachafeiro León
Ha sido un secreto que ha durado 3.800 años. Doña Sofía abrió esta semana en León una carta escrita sobre arcilla procedente de Mesopotamia. En la tablilla paleobabilonia del siglo XVIII antes de Cristo, regalada a la Reina por el Instituto Bíblico Oriental de San Isidoro, se describe la compra de un burro en lenguaje “acadio”. “Que los dioses te guarden muchos años de vida”, dice el comprador del asno en la misiva.
Los secretos no son a veces lo que se espera. Y en otras ocasiones pueden ser un mundo de sorpresas. En los archivos de León también se custodian secretos celosamente guardados hasta que pasen un buen número de años. Testamentos, cartas que ponen nombres y apellidos a denuncias en la guerra civil o inéditos de personajes relevantes de la historia de León y de España.
Uno de los más esperados se conserva en la Catedral. Es el archivo pendiente de Luis Almarcha, quien fuera obispo de León. Una parte de la documentación que se conserva sigue sin ser desvelada por su albacea, José María Fernández Catón, toda una institución en el mundo de los archiveros. Nadie lo confirma, pero nadie lo desmiente tampoco. Entre las cartas y los papeles del polémico Almarcha puede que existan aún poemas inéditos y documentos de Miguel Hernández. Ambos eran de Orihuela y a lo largo de sus vidas sus caminos se encontraron en momentos trascendentes. Los más dramáticos, los últimos días del poeta en la cárcel de Alicante. El papel de Almarcha en la muerte de Miguel Hernández no está claro. Unos le acusan de no haberle ayudado. Otros simplemente sostienen que hizo lo que pudo.
Archiveros como Alejandro Valderas reconocen haber oído la historia de los papeles pendientes del Archivo de la Catedral, pero nadie lo confirma. Catón, por su parte, no ha podido ser localizado por este periódico.
A lo largo de los últimos años, Catón ha ido publicando parte de ese archivo. Escritos sobre el papel social del que fuera prelado leonés y uno de los miembros más influyentes de la Iglesia española durante el franquismo. El día que se nombró Hijo Adoptivo de León, José María Fernández Catón definió a Almarcha como “un padre, maestro y orientador”, por haberle ayudado en sus estudios al enviarle a Roma. Durante muchos años fue también su secretario particular y un hombre de su máxima confianza.
“Sería algo muy importante, pero tampoco tenemos constancia alguna”, comenta Aitor Larrabide, de la Fundación Miguel Hernández, que tiene su sede en Orihuela. Durante su formación pasó por León e incluso habló con muchas personas de la relación del poeta con Miguel Hernández con el obispo Almarcha. “No creo que Almarcha tuviera más cosas sobre Miguel Hernández de las que se conocen. Yo he estado en casa de su familia en La Murada y hay libros, pero nada más”, añade este vasco afincado ahora en Orihuela. La Murada es una pedanía de esta importante localidad donde nació Almarcha.
La relación entre ambos empezó gracias a los libros que Almarcha, por entonces vicario general de la diócesis alicantina, dejó al poeta. Fue Luis Almarcha también quien indujo a Miguel Hernández a publicar sus primeros versos en el diario “El Pueblo de Orihuela”, medio local en el que el vicario no sólo colaboraba, sino del que era fundador y director.
“Gracias al aval de Almarcha, Arenas y Barber Marco, firma en la redacción del diario “La Verdad” el contrato de su libro “Perito en lunas”, pagado íntegramente por el vicario. Los resultados no son los esperados y se aprecia una evidente distancia con quienes en un principio le brindaron su ayuda. Le ocurrió con el propio Almarcha, quien en sus memorias afirmó: “Mis gustos literarios no iban por ahí”, señalan desde la propia fundación del poeta.
Ese distanciamiento se agrava hacia 1937, en plena guerra civil, con el desempeño del poeta de labores propagandísticas y culturales a favor de bando republicano. La falta de religiosidad en la vida y obra del poeta no pasó desapercibida para Almarcha, que expresa su disconformidad con las convicciones políticas y morales de Miguel. Sin embargo, Almarcha, en una entrevista publicada hacia el final de su vida, expresó lo contrario al afirmar que el propio Miguel le confesó en una ocasión que “nos pudo separar la política, pero no la religión, ni las aficiones artísticas”.
El 4 de mayo de 1939 Miguel es detenido en Portugal y entregado a la policía española en Rosal de la Frontera. Desde allí escribe a su esposa Josefina Manresa el 6 de mayo: “ve a mi casa y di a mi padre y a mi madre que estoy detenido, que un día de estos me llevan a Huelva desde este pueblo y que es preciso que me lleven a Orihuela. Que hablen con Don Luis Almarcha, Joaquín Andreu, Antonio Macando, Juan Bellod, Martínez Arenas, Baldomero Jiménez y quien sea preciso para la consecución de mi traslado a nuestro pueblo”. El aval de Almarcha llegará, pero no parece satisfacer mucho a Miguel, que escribe a Josefina el 22 de agosto: “He recibido certificado de Don Luis Almarcha. No es gran cosa lo que dice, pero servirá”.
El 29 de septiembre de 1939 Miguel es denunciado por un oficial del Juzgado Municipal. Comienza entonces un largo periplo por siete cárceles con la condena a muerte sobres sus espaldas, que le es conmutada por la de 30 años de cárcel, hasta que llega a la de Alicante ya enfermo de tuberculosis.
Es aquí donde por última vez recurre a Almarcha y éste va a verle a prisión en compañía de Gabriel Sijé, Antonio Fantucci, Alonso Ortuño y el director de la cárcel. Según Almarcha, este último encuentro con el poeta fue emotivo y amistoso. Otros dicen lo contrario.