Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que en estos días me he sentido muy molesto al percibir mala baba (puedo equivocarme) en muchos de los que han puesto pie de foto al cartel del bebé y el lince, diseño que la Conferencia Episcopal ha preparado para lanzar la Jornada por la Vida. Han abundado las arremetidas miserables, desmesuradas y viscerales. Desde el año pasado –por tanto, sin perseguir una contracampaña ante la pretensión de ampliar los supuestos de despenalización del aborto–, esta jornada se sitúa en el día 25, fiesta de la Anunciación del Señor, su Encarnación (éste era el nombre de mi madre, a cuyos presuntos derechos –y obligaciones– debe un servidor su existencia; dicho sea en recuerdo entrañable). No es justo ni siquiera elegante embestir de forma vil y rastrera contra un ejercicio público de libertad de expresión. Que además busca el bien de inocentes. E incluso podrá hasta ser un ejercicio profético, anticipador de lo que en el futuro firmarán tirios y troyanos al parecerles una monstruosidad las permisividades morales que defienden, bajo capa de progresía, nuestros contemporáneos. ¿Qué dirán nuestros congéneres de mañana, cuando asuman el reconocimiento del valor de la ley natural, el respeto a las constantes biológicas y la veneración por la ecología, incluida la humana? Los caminos acabarán por imponerlos razones estrictamente biológicas. Y, por tanto, científicas. Por ahí apunta el manifiesto que firman más de mil científicos españoles y que defiende el derecho a la vida desde el momento de la concepción.
Cuando se abre la posibilidad de un embarazo, uno entiende que la maternidad-paternidad pasa a ser ante todo una obligación: la de cuidar la gestación de ese ser y su desarrollo integral posterior. Y es en el engendrado en quien reside el derecho a la existencia.
En el fondo estos debates llevan a trivializar las relaciones sexuales y a disimular la inmoralidad del aborto provocado, que acaba por banalizarse, porque, dicen, no se aniquila una vida humana. Lo que ocurre es que no hay redaños para confesar que en el fondo lo que se busca es suprimir complicaciones. Es la práctica de una sociedad del bienestar, en la que los afanes de la buena vida justifican erradicar cuanto la estorbe o la embrolle. Las inhumanidades del pasado son un buen testigo. Y un buen argumento.
Antonio Trobajo Díaz es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León