Un servidor ya tenía asumido que don Carlos López Riesco le mirara por encima del hombro, no sé si por mi condición de postcomunista recalcitrante, por ser ‘un terrorista dialéctico’, por no ser viajero a la Patagonia (él sabe de qué hablo y a ustedes y a la justicia algún deprimido arrepentido les contará, algún día, con qué agencia viajar y en qué hotel alojarse), o porque me considera un caso perdido para la ‘ortodoxia política berciana’. Pero en los últimos tiempos asisto estupefacto a los intentos de la secta neoliberal, enquistada en el Ayuntamiento de Ponferrada y encabezada por don Carlos, de poner la camisa de fuerza a todo aquel que se niega a ejercer de palmero de su vandalismo político. Silenciar, en el Pleno municipal, al concejal del Mass, don Ángel Escuredo –al fin y a la postre ex compañero de cofradía–, me hace sospechar que la intolerancia de don Carlos trata de descalificar cualquier crítica y el derecho a la esperanza, que implica intentar la regeneración democrática necesaria para poder cambiar las relaciones sociales y humanas realmente existentes en esta ciudad. Que el tránsfuga Cortés practique el reduccionismo político e intelectual de acusar, de ‘nostálgicos de la Montaña de Carbón’, a todos los críticos con los desmanes del equipo de gobierno sí pertenece, sin embargo, al territorio de lo conocido, y me permite un suspiro aliviador. Alivio por la constatación de que han vencido las mentiras mejor armadas. Las avaladas por los jueces y magistrados.
Ante este desolador escenario político y judicial, ya sólo la magia de la palabra nos puede ayudar a resolver el desigual combate con la realidad; las palabras siguen teniendo capacidad de estímulo y de memoria y, por mi parte, escribiendo sublimo mi terror a esa misma realidad.