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PATRIMONIO / Los expolios

El extraño placer de ‘sentarse’ sobre la historia

Muchas piezas de nuestro patrimonio están en casas particulares convertidas en bancos, mesas o, incluso, bebederos para gallinas o conejos

Cuando llega el verano una tabla se apoya en las dos históricas piezas y componen un singular banco.

Fulgencio Fernández León
Si paseas por un pueblo de nuestra provincia en la que hay cerca un monasterio en ruinas (o no tanto) u otra joya de nuestro patrimonio no será difícil que te encuentres con una estampa como la de la fotografía, en Valle de Mansilla, dos piezas cargadas de historia que se han convertido en un rústico banco para que los vecinos mantengan sentados allí largas conversaciones cuando llega el buen tiempo. Algo que, dicho sea de paso, es una de las mejores ocupaciones que se les puede dar, aunque siempre menos apropiada que conservarlas y cuidarlas como lo que son, patrimonio histórico.
Es sólo un ejemplo, nada raro por cierto. En esa misma comarca se suele repetir que no hay casa del valle del Esla que no tenga en alguna dependencia, fundamentalmente en el corral, alguna pieza de históricos lugares, como el viejo monasterio de San Pedro de Eslonza, cuya fachada, por otra parte se conserva íntegra, pero muy lejos de su lugar natural pues es hoy la fachada principal del monasterio de Nuestra Señora de Regla.
Los ejemplos de capíteles convertidos en bancos para sentarse o piedras para afilar cuchillos o navajas; de lápidas que hoy son mesas o similares; de pilas bautismales que ahora son bebederos de agua para las gallinas o los conejos no son nada extraños en nuestra provincia, incluso casas que han incorporado a sus paredes históricos arcos llegados de lugares muy dispares, pero siempre cargados de historia.
Los mosaicos de la villa romana de Quintana del Marco lo mismo los podemos encontrar en las cocinas de casas particulares de la comarca que en un vertedero, donde acabaron muchos que primero fueron a una cocina y después ya no le gustaron al dueño y se deshizo de ellos sin ningún pudor.
Y a todos ellos habría que añadir los expoliadores ‘profesionales’ de patrimonio, los llamados piteros, aquellos que acuden pertrechados incluso de detectores de metales y similares y van acumulando en sus casas joyas y reliquias una tras otras. Son los famosos piteros, contra los que la Junta de Andalucía tomó hace una década una curiosa decisión, sembrar los yacimientos arqueológicos más expoliados de metales para que los detectores se volvieran locos.
Ya hace un siglo Pérez Galdón contaba como buhoneros y anticuarios hacían negocio con el patrimonio. Una vieja historia.

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