Oficiales y zapadores franceses en el asedio de una ciudad. En la imagen superior, el general Junot, mando supremo del asedio, la ciudad le fue entregada el 22 de abril de 1810 tras alcanzarse un trato digno para la población.
Arturo Pereira Ponferrada Doctor en Derecho e historiador
Que los Maragatos son gente fiel a su palabra es conocido en todo el mundo. Afirmo esto, repasando antiguas ediciones del siglo XIX de algún autor británico que se encontró por estas tierras y se formó tal juicio de ellos. Geoge Borrow, alias “Jorgito el inglés” los consideró como los mejores arrieros de la época y que una vez sellado el trato de trasporte con ellos, se podía tener la certeza de que cumplirían su parte sin importarles quien se interpusiera en su camino. También escribe que eran los más caros. Nadie da el duro a cuatro pesetas y lo mejor hay que pagarlo.
Pues este carácter de seriedad y rigor del pueblo Maragato fue lo que se encontraron las tropas francesas cuando intentaron ocupar la ciudad de Astorga en el año 1810.
Tras la retirada de Moore y persecución de Soult y Ney, que concluyó con la expulsión de estos últimos de Portugal y Galicia, se retiran a través del Bierzo y queman treinta pueblos a su paso por nuestra comarca. Hacen alto en Astorga para ejercer todo tipo de violencia sobre ella.
Una vez se marcharon los molestos inquilinos, toma mando de la plaza el que será uno de los héroes de la guerra en nuestra provincia: José María Francisco Silvestre de Santocildes. Fue en fecha 22 de septiembre de 1809. Aquí comienza la epopeya de la capital maragata. Astorga era clave para el control del noroeste peninsular. Santocildes lo sabía y dedica sus esfuerzos a reforzar unas defensas escasas y sin medios. Contaba con un número aproximado a los mil cien soldados mal armados y carentes de impedimenta. La artillería se encontraba en las mismas circunstancias de precariedad.
No dejando de incordiar, los franceses se presentan ante la ciudadel 9 de octubre. Al mando, el General Carrier. Cuenta con tres mil soldados y artillería. Intenta tomar la ciudad pero no lo consigue. El pueblo se suma a la lucha y caen los primeros héroes, entre ellos D. Santos Fernández. Su padre al ver el cadáver de su hijo exclamó: Si murió mi único hijo, vivo yo para vengarlo. Sin pensar más ocupó su puesto en la lucha. Ya quedó escrito como entienden los Maragatos sus deberes.
Los franceses insisten en la toma de la ciudad y el 11 de febrero de 1810 se incorpora el General Loison al esfuerzo de doblegar la voluntad de nuestros valientes defensores. Distribuye a sus tropas en el entorno de la ciudad y corta todas las vías de comunicación con el exterior. A continuación, envía una carta extremadamente formal al Gobernador de Astorga, el Coronel Santocildes, instándole a la rendición. Es evidente que Loison no era tan avezado como Jorgito el inglés y que por lo tanto no conocía el carácter de estas gentes, pues se podía haber ahorrado la carta. La respuesta fue, aunque muy formal y correcta, que no había trato.
Llega otro general más, Clousel y el 21 de marzo cierran el cerco sobre Astorga de forma definitiva. En los siguientes días la llegada de tropas y artillería a las inmediaciones de la ciudad sitiada es permanente.
Los paisanos se organizan en grupos de 25 con un jefe a la cabeza. Aquellos que son mejores tiradores se unen a los soldados y el resto realizarán labores de ayuda. Las mujeres luchan como el que más. El valor no distingue sexos y la muerte tampoco. Se economizan las municiones y víveres. Los franceses tras diversos ataques se hacen con la Fuente-encalada, única que abastecía a la ciudad. Se excavan pozos aunque su agua es salobre.
El día de 3 de abril regresan tres soldados que disfrazados habían salido de la ciudad para evaluar las tropas del enemigo y contactar con nuestras tropas del Bierzo. Informaron que los franceses en torno a la ciudad serían unos diez y seis mil y otros muchos se encontraban en las localidades de León, La Bañeza y proximidades de los puertos de Foncebadón y Manzanal. También informaron que el Teniente General Don Nicolás Mahy había establecido el cuartel general de las tropas españolas en Villafranca del Bierzo, que contaba con unos cuatro mil hombres y que albergaba la esperanza de poder socorrer a Astorga.
Pasan los días y los intentos de toma de la ciudad son continuos, siempre rechazados por los defensores. Disminuyen los víveres y municiones de la plaza, no acaba de llegar la ayuda esperada del General Mahy. No puede socorrerles, sus fuerzas son muy inferiores a las francesas y sería un suicidio. Un correo del Comandante de la vanguardia de las tropas del Bierzo, D. Josef Meneses, que logró penetrar en la ciudad el día 14, tampoco aclara la posibilidad de ayuda del ejército británico que maniobraba en Portugal. Astorga está sola y tendrá que afrontar su destino sin ayuda exterior.
No cesan de llegar refuerzos a los franceses y el día 21 de abril se intensifica el fuego de artillería. La Catedral se incendia y arde la sacristía. Los franceses envían a un cabo español que había sido hecho prisionero con el mensaje de petición de rendición de la plaza y que en caso de negativa pasarían a cuchillo a todos sus habitantes. La respuesta es una vez más no.
A las dos y media de la tarde comienza el más intenso de los asaltos. Es a la bayoneta. No hay posibilidad de esconderse, ni para los sitiados ni para los sitiadores. La lucha es, en expresión castiza, a cara de perro, frente a frente y mano a mano. No puede negarse al francés valor y denuedo. Una y otra vez son rechazadas las sucesivas oleadas del ataque. En frente, los defensores mantenían sus posiciones con el mismo valor y decisión, sabiéndose ganadores morales de esta contienda por estar defendiendo su hogar y su futuro.
A las seis y media de la tarde concluyó el ataque sin que los franceses consiguieran su objetivo.
Más no se podía hacer. Santocildes reunió a su plana mayor y evaluaron la situación: aunque el enemigo fue rechazado, la ciudad no soportaría un nuevo ataque. No hay municiones, de hecho se recogían las balas de cañón que les lanzaban los franceses y utilizándolas como munición propia se las devolvían. Tampoco víveres. Lo que es peor, no hay posibilidad de socorro. Ante esta situación, se decide entregar la ciudad si la capitulación es honrosa. Se consigue un trato digno para la población y que se respeten bienes y lugares de culto.
El día 22 de abril de 1810 se entrega la ciudad al General Junot mando supremo del asedio. Santocildes y los soldados serán llevados prisioneros a Francia. Aquí comienza la aventura del segundo sitio de Astorga.