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EDITORIAL /

Un hombre de palabra

La muerte de Antonio Pereira sorprendió ayer a sus muchos amigos y al mundo literario en particular. Todos sabían de sus achaques, pero nadie intuía un desenlace tan cercano en el tiempo. Con su muerte, no sólo se va un escritor con una larga trayectoria, sobre todo en un campo nada fácil como el cuento. También se cierra la etapa vital de un intelectual que no tenía enemigos. Aunque cultivó la poesía, ha sido la narración y, en concreto, los relatos breves, el campo en el que Pereira se ha llevado los reconocimientos más destacados. Su obra abarca desde lo más autóctono de León hasta los textos más exóticos de un mundo lejano. Su primer cuento lo publicó en 1957, aunque fue en 1966 cuando salió a la luz el primer ejemplar de narrativa, ‘Una ventana en la carretera’, galardonado con el premio Leopoldo Alas. A este reconocimiento le siguieron otras novelas como ‘Un sitio para Soledad’ (1969) y ‘o País de los Losadas’ (1978). Y los cuentos, su gran pasión vital. Títulos como ‘La costa de los fuegos tardíos’ (1973), ‘El ingeniero Balboa y otras historias civiles’ (1976), ‘Historias veniales de amor’ (1978), ‘Los abrazos de la i griega’ (1982) o ‘El síndrome de Estocolmo’ (1988), que le valió el premio Fastenrath de la Real Academia Española. Su trayectoria es tan larga que no se podría resumir en esas líneas. Tras su muerte, queda ahora un nuevo y largo camino para sus amigos y compañeros. Y es el de su legado. Pereira y su literatura merecen que las nuevas generaciones conozca a un escritor que fue siempre con la palabra confraternidad por la vida. Cuentan anécdotas de él que hablan de esa huida del enfrentamiento, hasta el punto de dar la razón al contrario con tal de no suscitar polémicas. Así era Don Antonio.

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