El escritor villafranquino era capaz de convertir cualquier anécdota cotidiana en un relato
Antonio Pereira pronunciando el pregón de la Fiesta del Cristo de su pueblo, Villafranca del Bierzo, en el año 2005. El humor y la ironía no faltaron en aquella ocasión. CÉSAR SÁNCHEZ
Fulgencio Fernández / León
En un aeropuerto de Europa, mientras espera su avión para regresar a España, Juan Carlos Mestre es incapaz de articular palabra. Sólo llora. “Tu sabes lo que Antonio ha sido para mi y para todos. No sé qué decir. Además aquí, a miles de kilómetros”.Es sólo un ejemplo pero significativo, representativo de muchos que ayer tenían un mal día, pasaban un muy mal trago con la muerte de Pereira: Gamoneda, Modesto Llamas, Amancio Prada, Aparicio... a los más jóvenes. Pereira siempre había sido un tipo entrañable, muy cercano. Hace unos años tuvo una mini-polémica con Eugenio de Nora, a causa de la Fiesta de la Poesía de Villafranca, y la resolvió de una manera que evidencia su escasa afición a las polémicas. “No pasa nada, creo que Eugenio no se lo pensó mucho antes de hacer un comentario injusto con la Fiesta de la Poesía, pero no es el comienzo de ninguna polémica, yo soy un hombre de paz y muy perezoso para las polémicas, hasta el punto de que muchas veces me gustaría que el oponente tuviera la razón para no tener que polemizar largamente y dar por zanjado el asunto”.
Era así. Había hecho de su vida un cuento y como tal la contaba, tal vez ahí radicara su magisterio. Era un excelente narrador oral al que podías escuchar horas y horas, como él había escuchado antes en las tabernas del Bierzo. “Es evidente que soy deudor de aquellas conversaciones que escuchaba en la tienda de mi padre y en las tabernas del Bierzo.La gente era muy espontánea, decían unas cosas muy curiosas. Una vez, cuando ya andaba por estos vericuetos de la literatura, llegó una mujer y le preguntó a mi padre: Es cierto que su hijo es premio Nobel por Cacabelos”.
La verdad es que la tienda de su padre le dio mucho juego literario. Y simbólico. A través de ella es capaz de narrar Pereira los cambios políticos en España. “Los fabricantes de palas (La Basconia, Patricio Echevarría) tenían un consorcio y le ponían a todas esas herramientas la marca Nacional, con los colores oficiales de la bandera en el mango. Mi padre tenía existencias antiguas con sólo el rojo y el amarillo, y el pobre hombre tuvo que pasar el trago de ir enmendando con tinta morada la franja que antes fuera legal y ahora se consideraba sediciosa: una pala, otra pala, todas las palas de la marca Nacional pasaron a tener la bandera de la República”.
Y es que Pereira todo lo cuenta, lo contaba, como un cuento. Hasta el punto de que cuando fue investido como Doctor Honoris Causa por la Universidad de León les gastó una pequeña broma a los asistentes en su discurso. Comenzó a contarles pasajes de su vida realmente mágicos, que desconocían muchos de ellos pese a ser amigos muy cercanos. Hasta que desveló el misterio, realmente era un cuento lo que les estaba relatando.
Y se le entregó el público. Como tantas veces, como cuando José Saramago no podía aguantar las carcajadas en un encuentro literario en el que Pereira les escenificó su cuento preferido: ‘La rusa’, el mismo que tantas veces tuvo que repetir.
Porque sí es cierto que en los últimos años Antonio Pereira se había convertido en un referente inevitable del relato corto. En cualquier lugar encontraba argumentos para sus cuentos. “A mí me da muy buen resultado vivir alrededor de la obra que estoy escribiendo. Me explico: yo cuando me pongo a escribir un cuento lo dejo ahí, lo mantengo a la expectativa y cuando salgo por la calle voy embebido, distraído, porque ando con la partitura del cuento en la cabeza. Muchas veces se me habrá visto sacar un papel del bolsillo y anotar algo en él, algún adjetivo, alguna idea, un final... una frase”.
Reconocimientos que se convirtieron en galardones: Premio Fastenrath, por ‘El Síndrome de Estocolmo’; premio Torrente Ballester, instituido por la Diputación Provincial de La Coruña, por‘Las ciudades del poniente’ (curiosamente ayer llegaba a la redacción de este periódico, a la misma hora que la noticia de su muerte, una reedición de bolsillo de esta obra); Premio Castilla y León de las Letras 1999; Premio Ciudad de Ponferrada Enrique Gil y Carrasco; Doctor Honoris Causa por la Universidad de León; Hijo Predilecto del Bierzo y Leonés del Año... “te digo yo que me hacen obispo, que ya me gustaría, por otra parte”.
Y amigo de casi todo el mundo.
Ahora se volverá a encontrar con aquellos compañeros de viaje que se fueron apeando antes que él, podrá volver a llevar de viaje al recordado cura González de Lama aPepín Castro Ovejero, hablarán de Espadaña y la amistad.
Y todo ello lo meterá Antonio Pereira en la coctelera y les contará otro cuento. El de su vida.