Hay gente que no ha ido al rastro nunca. Piensa que es el mercadillo de ropa interior, abrigos y faldas. También esa gente tiene derecho a vivir, como el comercio de León que paga religiosamente sus impuestos. Pero el rastro es otra cosa. La concejala de Comercio habrá leído muchos informes, pero no sabe lo que es el rastro. Son los que se ponen todos los domingos al final de Papalaguinda, en la explanada que da a la plaza de toros. Gente muy humilde que intenta sacar unos euros con viejos utensilios y baratijas. El próximo domingo les mandarán al último pino, a los terrenos de Clarés en el campo de fútbol, sin posibilidad de negociar otra ubicación. No sé, pero a mí se me ocurre el antiguo ferial de Carrefour, o el aparcamiento de la Junta. En todas las ciudades hay un rastro, que por qué no, también es un atractivo para los domingos por la mañana. En las últimas semanas, las gentes del rastro han estado recogiendo firmas. Han prometido dejar limpia la zona y lo han cumplido. Pero no les ha servido para nada. La concejala no ha tenido en cuenta lo que es un rastro, y encima quiere que paguen impuestos. El rastro, que quede claro una vez más, no es el mercadillo de los domingos. Es el último reducto del trueque, del intercambio de cosas sin facturas por el medio. No, no estamos hablando de algo ilegal. Estamos hablando del rastro. O es que a los hosteleros les pedimos la marca de la limonada. Con los más humildes se debería ser un poco más sensible. Por coherencia.