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UNA PROVINCIA EN BLANCO Y NEGRO


Coches como para ‘parar un tren’

Eran tiempos en los que los niños jugaban durante todo el día en la calle. Para aquellos chavales que se sabían los dueños de la ciudad interrumpir un partido de fútbol, que disputaban con una pelota de trapo, para ver pasar un coche no era ningún estorbo, era un acontecimiento.

Cuando uno de los niños que jugaba a ‘Tres marinos a la mar’ gritaba que se acercaba un coche todos los demás salían en desbandada de sus sofisticados escondites para ver aquel vehículo que atravesaba las calles de su ciudad, calles de barro y piedra en las que los chavales se degollaban las piernas en cada caída y se limpiaban en cualquier fuente sin ir a llorarle a su madre sus desgracias.

Por aquella ciudad los obreros caminaban en chirucas o madreñas, por aquellas calles los que trabajaban más lejos de su casa pasaban en una pesada bicicleta, con el bocadillo colgado del manillar y el mono de trabajo atado en el portabultos. Algunos tenían el privilegio de pilotar una vieja moto de ruidoso motor.

En aquella vieja ciudad de calles vacías los nombres más conocidos, las familias de las que más se hablaba, eran aquellas cuyo apellido veían los leoneses escrito en enormes letras en sus comercios. Entre ellos seguramente el más repetido era Pallarés, un apellido que lo era todo en León.

Y, a buen seguro, fue el apellido más repetido por los habitantes de León después de aquel día de 1929 en el que decidió sacar a la céntrica calle Padre Isla todos los vehículos de sus concesionarios. Los empleados posaban orgullosos delante de los históricos Ford. Todo un acontecimiento.


Ful
Fulgencio
Fernández

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