Sin el Rastro en su sitio, la ciudad parecía ayer un día cualquiera sin tráfico. ¿Por qué esta necesidad de desplazar de su sitio a los vendedores del Rastro, cuando constituyen el motor de la ciudad para atraer ambiente, y de paso contribuir a que decenas de bares se busquen el sustento? Yo paseo cada domingo por el Rastro. ¿Qué tiene de malo un mercado tradicional, social y culturalmente anclado en el ambiente? ¿No molestan más las fragonetas en Colón los martes y los viernes y sin embargo les devolvieron a su sitio cuando habían aceptado quedarse en Papalaguinda? ¿Contribuyen a la crisis el top manta, las gafas de diseño, los relojes de cuchi, los bolsos de loév y los nikis de lagartina? Quien compra una ráiban en el Rastro tiene que saber que el cristal no puede ser orgánico y menos polarizado. Pero mucha, mucha gente incluso de ringorango, gusta comprar en el Rastro. Otra cosa es que tengan que regularizarlo. Que se controle a cuantos ya, acaparan con la basura caminos y setos. Que respeten los horarios, que controlen bolsas, basura y cajas de zapato. No molestan, más al contrario. Son vendedores y tienen tanto derecho como el que más a buscarse el sustento. Y además contribuyen a que León, donde cierran los bares cada domingo pese a que los hosteleros asociados claman por la promoción de la ciudad, al menos tenga algo de ambiente, ya que sin fútbol, los urbanitas copan los pueblos y queda León frío y solitario. No lo lleven al rifirafe político y busquen el consenso, que como gestores de lo público, parecen del rastro.