El sector del automóvil ha sido, junto a la vivienda, uno de los máximos exponentes de la crisis económica. La caída de ventas se ha llevado por delante miles de empleos en Estados Unidos hasta el punto de que la ‘joya de la corona’ norteamericana, la General Motors, ha necesitado la inyección multimillonaria de dinero público para evitar la bancarrota. En Europa, el sector sobrevive, pero también con la espada de Damocles de los ERE bajo la cabeza de cientos de trabajadores, no sólo de las fábricas de coches, sino también de su industria auxiliar. Castilla y León será una de las comunidades autónomas que aportarán 500 euros de ayuda para la adquisición de nuevos vehículos, junto al Gobierno central –que dará otros 500– y la patronal del sector, que pagará los 1.000 restantes. La industria de provincias como Valladolid, Palencia y Burgos depende en gran medida de la industria del automóvil, básicamente de Renault, pero también de otras marcas con fábricas cercanas en el País Vasco, Navarra o Madrid. Mientras el problema en Estados Unidos es, sobre todo, de modelo de crecimiento (Obama quiere coches más ecológicos y baratos y por eso ha confiado la suerte de GM a la italiana Fiat), en Europa la amenaza es el consumo. La industria necesita mantener un nivel de ventas fuerte en Europa para ser viable. En época de crisis, lo primero que abandona el ciudadano es el consumo y los gastos más superfluos, entre ellos la compra de coches. Basta ver lo que pasa en los talleres, donde las reparaciones de vehículos se han incrementado para ampliar su vida útil. Las ayudas a la industria automovilística eran inevitables. Ahora, no sólo se trata de ayudas. El sector tiene que plantearse bajar también los precios de los coches.