Descansa, al fin, Antonio Vega. Un personaje que deja una honda huella en la música pop. Pero viendo el amplio despliegue mediático y multitudinario sobre su figura, sólo se me ocurre decir (traicionando a G.A. Bécquer) “dios mío, qué solos se quedan los vivos”.
Un interminable desfilar de curiosos, mitómanos, famosillos y supuestos amigos del mundo de la farándula, buscando salir en la foto y colar, de paso, unas declaraciones tópicas como las que se suelen aplicar a los difuntos. A este respecto, leo, la de uno de sus amigos que, entre tanto elogio, halago y presumir de contar con su amistad declara: “La última vez que estuve con él fue hace doce años”. Pues ¡vaya amigo! También lo eran Massiel, Gallardón, Rosarillo, Wyoming y González-Sinde... ¿Dónde estaba toda esta gente tan variopinta de antes, durante y después de la movida? ¿Qué hicieron por él? ¿Acaso lo acompañaron en su declinar?
Con todo, lo más patético ha sido la coreografía de la Sgae –sociedad de autores– para un Antonio Vega de cuerpo presente, poniendo sus guitarras a disposición de quien quisiera hacer uso de ellas pero que nadie osó tocar porque es difícil hallar a alguien tan desvergonzado como la gente del entorno de esta especie de mafia.
Pero en este montaje de Bautista, Ramonín o Ramoncín o como se llame y sus adláteres no hay una gota de generosidad ni de casualidad. Todo, hasta el último detalle, ha sido pretexto para un lavado de imagen después del desprestigio que ha supuesto para la Sgae la rapiña ejercida en varios conciertos benéficos donde su mordida ha sido más grande que lo recaudado: un 10 %, nada menos.
Que la Sgae no hacía ascos a la carne enferma yo lo hemos comprobado. Lo que no sabíamos es que también saca tajada de la carne muerta. Que no os engañen.