Logo de la-cronica.net


GUERRA DE INDEPENDENCIA (XII)

Lorenzón: Una vida de leyenda

Nació en Toreno, tierra de gente curtida. Al terminar la guerra se traslada a vivir a Ponferrada

General Cuesta.

Arturo Pereira / Ponferrada
Dr. en Derecho e historiador
Hay historias que aunque se presencien son difíciles de creer. Este es el caso de la vida de Lorenzo Gómez Osorio. Un soldado de la Guerra de La Independencia. Sus hazañas bélicas fueron de tal envergadura que resultaron casi increíbles para aquellos que tuvieron la fortuna de estar presentes cuando este hombre hacía cosas que parecían de otro planeta.
Quizás nos ayude a entender tantas gestas el hecho de que Lorenzo, quien pasó a los anales de la Historia como Lorenzón, nació en Toreno. Villa esta de gente brava, no tenemos más que fijarnos en su actual alcalde, Pedro Muñoz, campeonísimo de Halterofilia a punto de batir el record del mundo. Es tierra de gente curtida, no ruda. La mina los ha hecho así, constantes, sin miedo, temerarios en ocasiones y despreciando el peligro con un capote de indolencia al estilo de Manolete. Pues esta forma de ser es lo que caracterizó a nuestro protagonista.
A Lorenzón lo pilló el levantamiento del 2 de mayo con la intención de ser cura, estaba estudiando en el seminario de Astorga. Se alistó voluntario y lo encuadraron dentro de la unidad de “Los Voluntarios de León” bajo las órdenes del General Cuesta. Mala suerte. El ejército español, como ya es conocido, al inicio de la contienda se encontraba absolutamente roto y sufría derrota tras derrota. Lorenzón no se vio ajeno a la amargura de tener que retroceder ante el enemigo en su primer enfrentamiento en Cabezón del Pisuerga, donde él y el resto de sus compañeros eran reclutas con 15 días a penas de instrucción. Aún así ya apuntaba maneras de héroe y se retira acompañado de su cañón perseguido de cerca por los franceses.
Continúa con su peregrinar y se ve en la batalla de Medina de Rioseco. Otra derrota. Lástima que las batallas no se decidan luchando mano a mano, porque aquí sí que con unos pocos más como Lorenzón hubiéramos ganado la batalla sin importar el número de enemigos. Finalizada la batalla se le asigna a la retaguardia para cubrir la retirada. El especial valor demostrado le supuso el ascenso a Subteniente. A estas alturas ya era conocido entre sus compañeros por sus proezas.
Pasan los días y se encuentra con su ejército en Salamanca. Aparecen los británicos de Sir John Moore que vienen a arrimar el hombro. Alguno de ellos no tenían muy claro a lo que habían venido a la península y en un acto de torpeza se dedicaban a molestar a las siempre discretas damas españolas. Lo que pudo haber quedado en un simple error por parte de los 7 oficiales británicos, se convirtió en un fatídico error al ser testigo de tal afrenta a varias damas el honesto y caballeroso Lorenzón. Sin pensarlo dos veces y con el único auxilio como arma de una estaca embistió a los siete infortunados. Estos, sacaron sus armas pero de nada les sirvieron. Resultado de la contienda: 5 oficiales británicos heridos y dos puestos en fuga. La risa de las doncellas españolas también adquirió carácter histórico. Lástima que el Comandante en Jefe británico no tuviera un fino sentido del humor y pidió un ejemplar castigo para tan gentil caballero. Lo degradaron a Cabo, pero se hizo acreedor de la siguiente copla:

Soy de Toreno,
a dos no temo,
a tres resisto,
a cuatro embisto,
a cinco abato,
y a más no escapo.

No parece que le importara a Lorenzón mucho los cargos militares y siguió luchando con el mismo ímpetu.
Luchó en los dos sitios de Astorga. Fue usado como correo por el Coronel Santocildes para enviar mensajes a las tropas del Bierzo. Labor sumamente arriesgada como puede deducirse de una situación cerco y bloqueo. Sólo gente de una raza como la suya podían acometer tales sufridos trabajos. En 1810, ya destacó en la defensa de la ciudad cuando esta absolutamente cercada. Lo mismo asaltaba una batería de cañones franceses que defendía a la bayoneta los tramos derruidos a cañonazos de las murallas. Como diríamos hoy día: “estaba en todo los líos”. Llega la rendición. Cae prisionero y lo intentaron trasladar con el resto de prisioneros a Francia. Digo intentaron porque conociendo a Lorenzón era obvio que se iba a escapar. Lo hizo lanzándose al Ebro. Lejos de pensar que ya había tenido suficiente guerra se reintegra al ejército.
Siguiente hazaña: En Tordesillas asalta una batería de cañones. Los destroza y viendo que uno todavía servía para disparar, ata una soga al cañón y lo arrastra como si de un buey se tratase hasta las líneas españolas. Esto sólo lo puede hacer uno de Toreno. Son así.
Como no cesaba en sus hazañas, sus mandos lo proponían reiteradamente para ascensos, pero ya quedó escrito que no le importaban nada esas cosas secundarias. A él lo que le preocupaba era no dejar dormir tranquilos a los franceses. No cabe duda que en su guerra particular lo consiguió sobradamente.
La guerra terminó y Lorenzón se trasladó a vivir a Ponferrada. Lo hizo hasta la avanzada edad de 92 años, falleciendo de muerte natural en su cama el día 20 de diciembre de 1878. Quién podría afirmar años atrás que este hombre, sin miedo y arriesgando su vida constantemente en acciones nada corrientes incluso para la vida de un soldado, iba a morir a tan longeva edad y apaciblemente en su cama.
Quizás el destino de algunas personas sí esta escrito en alguna parte y el de nuestro protagonista comenzó naciendo en un pueblecito a orillas del Sil que imprime carácter a sus gentes.
Lorenzón es un ejemplo de que se puede ser valiente, generoso y fiel con los propios principios y además servir a la patria y a la causa común de la libertad. Afirmaban quienes le conocieron que además tenía otra virtud poco común entre nosotros: le importaba un bledo lo que dijeran de él. Por eso quizás se comportara como lo hizo. Su objetivo lo tenía claro: lucha al invasor que perturbó su vida y la de sus gentes más queridas. El resto era accesorio.
Ya quisieran muchos héroes de película tener la biografía de Lorenzón. Los del Bierzo no necesitamos escribir guiones ficticios para recrear hazañas extraordinarias. Aquí, las vivimos. Hubo muchos y buenos españoles como Lorenzón, pero él es nuestro, de nuestra tierra y a él le debemos en parte el orgullo de sentirnos buenos bercianos, leoneses y españoles.

Este artículo está basado en el escrito por Francisco González González en 1984

Publicidad
pix
publi
pix

© Promociones Periodísticas Leonesas, S.A.
Moisés de León, 49-bajo 24006 León (España)

Correos de La Crónica