El oso pardo ha pasado de ser un enemigo para los habitantes de la montaña a convertirse en símbolo de una nueva concepción de la naturaleza y el medio ambiente en la Cordillera Cantábrica. El seguimiento mediático del apareamiento entre Furaco y las osas Tola y Paca en Asturias demuestra hasta qué punto ha cambiado el concepto sobre una raza que no siempre ha tenido buena prensa. En ese sentido, el trabajo desarrollado por la Fundación Oso Pardo y, en especial, por su presidente, Guillermo Palomero, es muy destacable. La población de Laciana, el Alto Sil o Pajares ha aprendido a amar el oso. En otras zonas ha desaparecido mientras en la montaña leonesa es capaz de convivir no sólo con el hombre sino también con la minería del carbón, lo que tiene aún más mérito. La creación de brigadas de control y lucha contra los furtivos con personal de la zona, la promoción de actividades en colegios y el trabajo de concienciación de años está dando resultados. El primer objetivo se ha conseguido con el mantenimiento y más tarde con el incremento del número de osos. Ahora, el reto es que esas dos poblaciones, oriental y occidental, que existen en la provincia, puedan unirse por corredores que eviten, por ejemplo, plantígrados con enfermedades consanguíneas por su cruce entre pocos ejemplares. Infraestructuras como la autopista del Huerna hicieron mucho daño en su momento, pero afortunadamente hay planes y financiación para ‘conectar’ las poblaciones de Somiedo-Sil-Degaña y Barrios de Luna-Lena con más de 65 kilómetros de caminos. El oso es un símbolo y también debe convertirse en un revulsivo para la economía local de esas zonas. En Asturias ya lo han conseguido.