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EL CASTRO / Eduardo Bajo A.

No me digas Europa

Estamos llamados a votar en las elecciones europeas. Sin ilusión, como lo hicimos para aprobar la Constitución. Una campaña de escasa participación cuyos votos se debieron más al hecho de convertirse en un plebiscito sobre la política del Gobierno, que a lo que se suponía que teníamos que pronunciarnos.
Hoy, cuando apuramos los agujeros del cinturón de tanto apretarlo, miramos con nostalgia los tiempos de la peseta; la nunca suficientemente llorada, a la que aún seguimos traduciendo los euros. Desde aquel aciago día, nos sentimos estafados y no nos han vuelto a salir las cuentas. No me pidas, Europa, que te quiera.
Por otra parte, nos llama la atención, la cantidad de eurodiputados que pululan por Bruselas –unos setecientos cincuenta– con una cartera llena de chocolatinas, papeles, recibos de dietas cobradas sin moverse de casa y proyectos que, si para algo sirven, es para complicarnos la vida. Luego, el lastre de funcionarios de lujo que llevan detrás de sí. Valga como ejemplo la cantidad de traductores para las 23 lenguas que se hablan en ese Babel.
Respecto a sus señorías, si un ciudadano normal se toma la molestia de repasar la lista de los representantes, es más que probable que no conozca a la mayor parte –¿y yo he votado a esos?–. Por una parte, nombres que no se sabe de dónde los han sacado y, por otra, figuras apagadas de la política activa que sufren destierro de lujo en el limbo de Bruselas –con seguridad una de las ciudades más aburridas del mundo–.
Para compensar esta visión catastrofista, echa una mirada a tu alrededor y mira cómo está el mundo. Convendrás que defender Europa es defender las libertades frente a los integrismos, la solidaridad, la tolerancia y, hoy por hoy, es el mejor mundo posible. Lo que sucede es que la buena vida es cara y hay que pagarla. El primer plazo es votar.

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