Víctor Jara fue detenido tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet, en septiembre de 1973. Antes de que apareciera tirado junto a un cementerio con 44 balazos en el cuerpo, el cantautor fue torturado durante varios días. Le arrancaron la lengua y le golpearon las manos con culatas de fusiles hasta triturarlas. No querían que siguiera cantando en la otra vida. Los asesinos debían ser creyentes.
Ahora, 35 años después, la Justicia chilena acaba de procesar a uno de los autores de aquellos hechos y sigue buscando a los restantes.
Aquí, que hemos convertido a nuestra transición en modelo a seguir por todo el mundo, 70 años después del final de la guerra civil y 33 de la muerte de Franco, miles de familias siguen reclamando que saquen a sus muertos de las cunetas. Sólo en León se calcula que aún puede haber mal enterrados más de un millar. En toda España supera los 30.000.
Pero, a diferencia que en Chile, aquí, la Justicia acuerda por unanimidad juzgar a Baltasar Garzón por prevaricación tras la denuncia de un sindicato de extrema derecha. El presunto delito del juez consiste en intentar remover las instancias del Estado para que, 70 años después del final de la guerra civil y 33 de la muerte de Franco, miles de familias puedan recuperar de las cunetas a sus particulares Víctor Jaras. Sin duda alguna, nos hemos acabado convirtiendo en todo un modelo.