Luis Mateo Diez
Dicen que no hay noche más cerrada que aquella que alberga la propia tierra. La noche de las entrañas en que la tierra comprime su propio firmamento mineral. El trabajo de la mina se desarrolla en esa noche y bajo ese firmamento. Cualquiera que haya hecho el camino hacia ese interior, donde parece imposible cualquier destino, y menos que ninguno el laboral, sabe que no existen otros tan misteriosos y duros, tan cercanos a la aventura de lo desconocido, acaso los del mar. Y, sin embargo, la mina, en cualquiera de sus variedades, en cualquiera de sus búsquedas y materias, pertenece a lo más antiguo del trabajo humano. Poco había que buscar en el aire para la subsistencia, casi todo estaba en la tierra, y buena parte de ello precisamente en el interior de la tierra. El ser humano tiene la imaginación bastante apegada a la inteligencia, y en el conocimiento del mundo, en la prospección de los bienes necesarios, una parte crucial pertenece a lo desconocido, que es aquello que conviene descubrir. Todo se relaciona con la lucha por la vida, y en el trabajo minero existe de modo muy plástico ese componente metafórico que irradia lo que el esfuerzo y el sufrimiento suponen habitualmente en la supervivencia. La noche es el medio. La noche de la tierra. La noche del interior de la tierra donde duermen, es un decir, los minerales. Cualquiera que haya visto el brillo de una veta , el carbón en el silencio petrificado de los siglos, sabe que ese es un brillo de luz más fuerte que la de cualquier otro mineral. El oro negro, decían los clásicos. Nada brilla de igual modo que el mineral que viene de los vegetales ancestrales, nada obtiene esa misma belleza de refulgencia y secreto. La veta es el secreto de la mina y, al mirarla, no es difícil sentir la codicia de su hermosura. Pero el trabajo es duro, es casi imposible. Y necesita de la luz. El olor del carburo, la vieja llama temblorosa. La luz de las lampisterías. La luz minera de las lámparas más variadas, los modestos ojos luminosos que guían a los trabajadores en el recorrido diario , en el repicar de los martillos, por el riel de las vagonetas. No era posible el trabajo sin la mirada, las manos solas, el instinto del picador, la destreza de los entibadores. La tierra oscura apenas ofrece oscuridad en su horadación. La lámpara detalla lo que el candil presintió en la lejanía de otros tiempos: la misma necesidad. El minero baja o entra al pozo y lo primero es la luz... Una buena colección de lámparas mineras me parece, al lado de tantos otros utensilios del trabajo, una referencia imprescindible de la aventura del descubrimiento y el secreto de esa metáfora mineral. Pocas cosas son tan indelebles en el recuerdo del carbón como el aroma de los carburos...