En medio de una crisis de ansiedad provocada por la trascendental decisión de si leer el libro de Rafa Guerrero o bajar de internet un adelanto del nuevo disco de Manolo Quijano, me dediqué a buscar brotes verdes. Le oí hablar de ellos a la ministra de Economía y creí que estaban por todas partes. Del mismo modo que nunca los hubiera encontrado en la biografía del notario más notario de la banda, ni en la música del segundo cantante más cantante de los escenarios (nadie discute el liderato de Melendi), tampoco los hallé ni en la economía mundial, ni en la local... ni en los tiestos de la terraza.
Los más bellos brotes verdes de León están estos días en la Sobarriba, comarca tan cercana para muchos como desconocida para muchos más, la Toscana leonesa en primavera, y en la esquina sureste de la provincia, en un trigal que hay frente al castillo de Grajal de Campos. “Es una fortaleza”, me matizaría el alcalde, Francisco Espinosa, que merece un monumento dedicado a sí mismo por su dedicación al patrimonio de su pueblo. Ese castillo o fortaleza o lo que sea fue imagen de Castilla y León en una feria de turismo, aunque la Junta jamás se ha gastado un euro en su conservación. Es más: ni siquiera defendió a los vecinos de Grajal cuando se levantaron en armas contra las monjas que les robaron unas tallas. Así hay menos que conservar.
Los de Grajal y la Sobarriba son brotes verdes de verdad, no de los que llenan las discusiones de macroeconomía, que ya se escuchan hasta en los bares. No hay que olvidar que vivimos en un país en el que un día nos levantamos por la mañana y de pronto todo el mundo conocía el significado de pit lane y entendía de cuáles eran los mejores neumáticos, sabía a qué mecánico le temblaba el pulso con las tuercas y si debía o no debía salir el safety car.