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EL PULSO Y LA CRUZ / Antonio Trobajo Díaz

Monseñor Larrea, in memóriam

Fue un hombre bueno, muy bueno. El Señor se lo fue llevando paulatinamente al reino de las sombras, que ahora ya serán luz definitiva. Don Luis María Larrea y Legarreta falleció en el anochecer del pasado miércoles. Nos vino de Vitoria, armado con su formación jurídica y su prestigio de hombre de mesura y lucidez disimulada. Fue obispo de León entre 1971 y 1979. De aquí pasó a Bilbao, en tiempos convulsos, y repartió humildad, capacidad de escucha y buen hacer, hasta el año 1995. Entre nosotros, fue el obispo encargado de suceder a monseñor Almarcha, que lo había sido todo a lo largo de más de 25 años. Este periódico publicó anteayer una nota necrológica en la que se daba cuenta de algunas de sus aportaciones a la vida diocesana. Hubo más. Fueron los años de aplicar el Concilio Vaticano II; de templar las discordancias de la Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes; de remover el árbol de la rutina pastoral con la presencia del número uno del mundo en pastoral de conjunto, el francés Fernand Boulard, que nos ayudó a reajustar arciprestazgos, delimitar zonas pastorales y dar forma y misión a los vicarios episcopales; de reconducir las primeras crisis de los seminarios; de embocar con lágrimas y mimos las decenas de secularizaciones de sacerdotes; de crear el fecundo Instituto de Cultura Religiosa Superior; de programar varias iniciativas formativas y de reflexión de rango admirable; de hacer frente a la desorbitada expansión de la capital (en ella creó siete parroquias nuevas: Sagrada Familia, San Antonio de Padua, San Froilán, Santo Toribio de Mogrovejo, Nuestra Madre del Buen Consejo, Nuestra Señora del Rosario y La Anunciación); de, en tiempos de crisis económicas, reordenar nuestras finanzas diocesanas y crear una modélica Caja de Compensación; de acopiar folios y folios (todo tomaba singularidad en sus pequeñas fichas y en sus notas mecanografiadas en papel cebolla) que fue, posteriormente, inventariando y catalogando y entregando. Hasta fue capaz de conquistar los últimos vericuetos diocesanos a lomos de su 2 CV; baste, en este punto, decirles que consiguió dar nombre propio a alguna de las infinitas curvas de nuestra geografía. Bien merece este agradecido recuerdo. Que descanse en paz. Y que desde arriba nos siga mandando, escalonada y tiernamente, papeles y papeles en los que figuren nuestras identidades. Y nuestras esperanzas.

Antonio Trobajo Díaz es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León

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