Fue un hombre bueno, muy bueno. El Señor se lo fue llevando paulatinamente al reino de las sombras, que ahora ya serán luz definitiva. Don Luis María Larrea y Legarreta falleció en el anochecer del pasado miércoles. Nos vino de Vitoria, armado con su formación jurídica y su prestigio de hombre de mesura y lucidez disimulada. Fue obispo de León entre 1971 y 1979. De aquí pasó a Bilbao, en tiempos convulsos, y repartió humildad, capacidad de escucha y buen hacer, hasta el año 1995. Entre nosotros, fue el obispo encargado de suceder a monseñor Almarcha, que lo había sido todo a lo largo de más de 25 años. Este periódico publicó anteayer una nota necrológica en la que se daba cuenta de algunas de sus aportaciones a la vida diocesana. Hubo más. Fueron los años de aplicar el Concilio Vaticano II; de templar las discordancias de la Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes; de remover el árbol de la rutina pastoral con la presencia del número uno del mundo en pastoral de conjunto, el francés Fernand Boulard, que nos ayudó a reajustar arciprestazgos, delimitar zonas pastorales y dar forma y misión a los vicarios episcopales; de reconducir las primeras crisis de los seminarios; de embocar con lágrimas y mimos las decenas de secularizaciones de sacerdotes; de crear el fecundo Instituto de Cultura Religiosa Superior; de programar varias iniciativas formativas y de reflexión de rango admirable; de hacer frente a la desorbitada expansión de la capital (en ella creó siete parroquias nuevas: Sagrada Familia, San Antonio de Padua, San Froilán, Santo Toribio de Mogrovejo, Nuestra Madre del Buen Consejo, Nuestra Señora del Rosario y La Anunciación); de, en tiempos de crisis económicas, reordenar nuestras finanzas diocesanas y crear una modélica Caja de Compensación; de acopiar folios y folios (todo tomaba singularidad en sus pequeñas fichas y en sus notas mecanografiadas en papel cebolla) que fue, posteriormente, inventariando y catalogando y entregando. Hasta fue capaz de conquistar los últimos vericuetos diocesanos a lomos de su 2 CV; baste, en este punto, decirles que consiguió dar nombre propio a alguna de las infinitas curvas de nuestra geografía. Bien merece este agradecido recuerdo. Que descanse en paz. Y que desde arriba nos siga mandando, escalonada y tiernamente, papeles y papeles en los que figuren nuestras identidades. Y nuestras esperanzas.
Antonio Trobajo Díaz es vicario episcopal de Relaciones Públicas de la Diócesis de León