Grajal de Campos es uno de esos pueblos que si estuviera en cualquier otro país europeo sería motivo de obligada visita. Sólo esa imagen fascinante cuando uno se acerca por la carretera de Sahagún merece la pena por sí misma. La declaración de Bien de Interés Cultural para toda la localidad generó expectación en un pueblo acostumbrado a mantener su patrimonio sin muchas ayudas. De eso, hace ya un año. Aunque la Junta ha atendido las peticiones más urgentes, Grajal no tiene un plan de actuación que ponga en valor su gran patrimonio artístico. Bien es verdad que no es fácil, y menos en una comarca acosada por el envejecimiento de su población y una gran emigración en las últimas décadas. Pero la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) debe servir para algo más que para imponer una serie de normas, sobre todo urbanísticas. En el caso de Grajal, es un pueblo que ha sabido respetar, salvo contadas excepciones, sus mayores ‘tesoros’ y su casco urbano tradicional. Lo único que necesita es vida y ayudas para que sus vecinos arreglen sus casas conforme a un modelo que respete el pasado. Vida que no siempre es posible sólo a través de la iniciativa privada. Las instituciones públicas deberían apostar por Grajal en una red de pequeños pueblecitos recuperables desde un punto de vista global. En otras provincias ya se está haciendo. Ahí está Pedraza, en Segovia. En León, cuando se ha hecho, la recuperación ha sido todo un éxito y ha servido para generar actividad también en los alrededores. Quizá el mayor ejemplo sea Castrillo de los Polvazares. Grajal de Campos pide una oportunidad. Imágenes como los cascotes de su iglesia son criticables desde cualquier punto de vista.