Obama afirmó ayer que la desaparición de Chrysler o General Motors sería “un desastre para la economía”. Estamos pues ante el mismo argumento que se utilizó para las multimillonarias inversiones públicas para salvar a la banca; y las del sector automovilístico no son menores, ya que sólo en GM EEUU invertirá 50.000 millones. La burbuja automovilística tiene innumerables parecidos con la inmobiliaria y, junto con la banca, han sido los pilares del absurdo e irracional crecimiento que nos ha llevado al desastre actual. La banca contribuyó como en la vivienda a un consumo desaforado de automóviles, un sector que cada vez fabricaba coches más grandes e inútiles y a un precio cada vez mayor. Esto provocó que las grandes multinacionales perdieran el norte y que sus ejecutivos se llevaran el dinero a manos llenas con sueldos y ‘bonus’ estratosféricos (inolvidable la primera cita con Obama para hablar de la crisis del sector en la que los presidentes acudieron en jets privados). Esta burbuja americana se trasladó a todo el mundo y a todas las marcas haciendo que la libre competencia fuese papel mojado. Hoy la crisis es total y la quiebra de los líderes americanos está repercutiendo en todos los fabricantes mundiales. Hoy es Norteamérica la que inyecta miles de millones y pronto serán Europa y España y Castilla y León. Salvar a los líderes del automovilismo tiene las mismas connotaciones que salvar a los de la banca o a los de los imperios inmobiliarios. Lo que el contribuyente exige es, en León y en Detroit, que el dinero público pueda volver a ser recuperado, que los que cometieron excesos y delitos paguen sus culpas y que el empleo sufra lo menos posible. Después compraremos coches, si bajan de precio y contaminan menos.