La ciudad de León debe su origen a su ubicación en la confluencia de dos ríos que han marcado la historia de León, el Torío y el Bernesga. Durante las últimas décadas esos dos ríos a su paso por la capital en verano no merecían ni su nombre de río a causa de su escasez de agua, lo que provocaba mortandad de peces y contaminación. La solución para el Bernesga siempre pasó por el recrecimiento de la presa de Casares en la cabecera del río, obra que fue inaugurada en 2006, lo que garantizaba que en verano se dispondrían de 37 hectómetros cúbicos de agua con los que regular el cauce ecológico del río. Este año por vez primera se contará con la mayoría de la capacidad de la presa y, además, la Confederación del Duero acaba de aprobar una obra de 1,3 millones de euros para rehacer y construir cinco pequeñas presas o azudes en La Pola, La Robla, Cuadros, Sariegos y San Andrés, con las que contribuir a mejorar el caudal en verano, además de controlar que los regantes de la ribera de todo el río no utilicen más agua de la que tiene asignada. La ribera del Bernesga, desde la capital, está destinada a concentrar cada ves más población en sus pueblos, con el río como principal atractivo y fuente de futuro. Con las últimas decisiones este río tiene garantizado su futuro ecológico para unos cuantos años, lo que contribuirá al desarrollo de sus riberas. Mientras tanto, en el otro río, el Torío, se puede observar que, a pesar de que cuenta con un gran municipio en expansión en su ribera como es Villaquilambre, lo que implica mayor consumo de agua, y que otras localidades intentan basar en el río su desarrollo futuro, el río no está regulado y nadie contempla presas, ni grandes ni pequeñas, que garanticen su caudal en verano. ¿Esperarán a que esté como estuvo el Bernesga durante años para actuar?