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UNA IMAGEN Y 232 PALABRAS


Las cosas de la canícula

Las primeras nieves del invierno –por escasas que sean, aunque sólo sea una mano blanca de pintura sobre el horizonte de colores del otoño– tienen su espacio en las noticias y en las fotos de los periódicos por la repetida novedad. El pie de foto repite un año tras otro: “La primera nevada del invierno”. Para que los habitantes de la montaña también puedan repetir sus ironías, acostumbrados como están a grandes cantidades de nieve. “Si esto es una nevada ‘el mi burro’ con el carro es un autobús de Martiniano”, decían los paisanos en la tasca recordando los tiempos en los que a los coches de línea se les llamaba por el nombre del dueño, Martiniano, y no por el más noble apellido, Fernández.

En esta tierra que muchas veces han llamado la capital del invierno o la patria del frío, los primeros calores también gozan del privilegio de ser noticia.

Y en este caso la palabra no es tan cuestionada como ‘nevada’, tal vez por ser más contundente: ‘La canícula’.

Tendrá un origen mágico e histórico, pero seguramente no estará muy alejado de la explicación que daban en el bar de Matueca: “Canícula es de can, perro, porque te tira a la sombra como un perro”, decía el mismo hombre que cuando le argumentaban en otoño que “el agua siempre es buena” sacaba de debajo de la boina una apostilla: “Si fuera buena iba a caer aquí por el forro...”.

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Mauricio
Peña
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