Hay quienes, ante la aparición de un simple brote verde, corren desquiciados con la sulfatadora a propinarle la correspondiente dosis de herbicida. Y es que, ya se sabe, el buen jardinero debe impedir una invasión de esperanza en cualquier árido desierto que se precie de serlo. El verdadero problema reside en qué hacer ante otro tipo de brote, el de gripe porcina, por ejemplo. En este caso, caben dos opciones, aplicar nuevos antivíricos a mansalva o, como parece más de moda entre los responsables sanitarios contemporáneos, clausurar el recinto infectado a la espera de que el virus decida desaparecer por su propia voluntad; algo que, según se concluye del darwinismo, se negará a hacer sin antes haberse propagado por algún otro organismo andante en el que preparar su próxima invasión.
Analizada la situación viral, vamos a dejar los tratamientos y ocuparnos de las cosas lindas. En estos periodos campañiles, tan dados a la catástrofe, aparecen verdaderos “brotes verdes” como el de Fornela, cuya esencia será desde ahora expuesta al mundo gracias a los recursos turísticos que han comenzado a poner en valor. Una excursión al antiquísimo castro nos da una idea de cuán bien vivían los fornelos de otrora, arracimados en aquellas minúsculas edificaciones rodeadas de estrechos pasillos comunicantes: habían inventado la vivienda unifamiliar en una ladera del paraíso, y sin ayudas de protección oficial. Al fondo, el valle con sus praderas despampanantemente verdes. Más verdes que los brotes verdes. Y salpicados en el paisaje, los fornelos, que cada mañana sincronizan sus relojes para que el tiempo pase con una cadencia más reposada que la que atormenta al resto de los mortales. Es lo que viene a llamarse felicidad.