Sahagún, la localidad más taurina de León, celebra estos días sus encierros y festejos. Un paisano, San Juan de Sahagún, pudo ser el patrón de los toreros. Pero San Pedro Regalado ganó la votación
Manuel C. Cachafeiro / León
Es fiesta este fin de semana en Sahagún, la villa más taurina de León, con centenario incluido de su plaza de toros. Buena fecha también para conocer una de las historias más curiosas del taurinismo leonés: ¿Por qué el patrón de los toreros es San Pedro Regalado (vallisoletano) y no San Juan de Sahagún (leonés) si el ‘milagro’ casi es el mismo?
La Asociación de Toreros Españoles propuso en 1953 dos candidaturas para elegir a su patrón: San Juan de Sahagún y San Pedro Regalado. El santo vallisoletano fue el elegido por una escasa diferencia en la votación, y eso que San Juan de Sahagún protagonizó el milagro taurino por excelencia. Fue en Salamanca. Cuenta la tradición que, viendo a un niño perseguido por un toro que se había escapado por las calles de la capital charra, y que estaba a punto de cogerlo, San Juan de Sahagún gritó: “Tente, necio”. Y el toro obedeció a su voz, salvándose el pequeño de ser corneado. El milagro perdura hoy en Salamanca con una calle, llamada “Tentenecio”, justo en el lugar donde se dice que ocurrió.
El verdadero nombre de San Juan de Sahagún, que vivió en el siglo XV, fue Juan González del Castillo Martínez. Nacido en Sahagún, murió en Salamanca en 1479 y allí está enterrado en el convento de los agustinos.
San Pedro Regalado nació en Valladolid en 1390, y murió en el convento de la Aguilera, a las afueras de la ciudad castellana, en 1456. Dice la tradición que San Pedro Regalado y otro fraile, que habían salido del convento del Abrojo para dirigirse al de la Aguilera, iban charlando amigablemente cuando oyeron voces y ruidos de caballos. Y es que un toro, escapado de Valladolid tras ser alanceado, venía por el camino en dirección a una de las ganaderías más emblemáticas, Raso del Portillo. Se cuenta que, aterrorizado, el fraile que iba con San Pedro Regalado, se refugió tras de él, y éste, implorando al cielo, invocó su báculo al toro diciéndolo “detente”. Añade la tradición que el toro, sumiso, se arrodilló ante el santo, y así permaneció mientras San Pedro le acariciaba y curaba las profundas heridas que el animal sufría. Y así, tras darle la bendición, el toro se reintegró a la dehesa, sin atacar ni hacer el menor daño a nadie. No fue el único. Relacionados con los toros, hubo más santos. San Ataúlfo, por ejemplo, que sabía que sujetando los cuernos el milagro quedaba consumado.
Sin embargo, nadie más que San Juan de Sahagún se lo mereció. Por él y por la villa de Sahagún, donde los toros aparecen hasta en los libros de cuentas de la Hermandad de San Juan, que era la que organizaba las fiestas. En 1786, ya se especificaba el coste de los festejos taurinos: “Novillos, 1.050 reales. Toreros (incluidos los gastos por ir a buscarles, 290. Música, 300. Toril, 24… “.
Juan de Sahagún, canonizado por el papa Alejandro VIII, hizo más milagros. Además del toro, en Salamanca se recuerda el del pozo Amarillo. Allí también se cayó un niño. El sahagunino echó su cíngulo, que llegó hasta donde el niño pudo tomarlo. Entonces el santo hizo subir el nivel del agua hasta que el niño llegó a la superficie. Cosas de santos. Cosas de toros también.