Los aficionados leoneses, el domingo, estaban pendientes de Badajoz. Muy pendientes. Había temor porque José Tomás, que toreaba en la ciudad extremeña junto a Pedrito de Portugal y Miguel Ángel Perera sufriera un percance que invalidara su presencia, esta tarde, en la plaza de León. Nada ocurrió en la capital pacense. Bueno, sí. Que cortó cuatro orejas y agigantó, con ello, su, de momento, incipiente leyenda de mito. Eso fue lo que pasó. Ni más, ni menos. Lo natural o esperado en el torero galapagueño. La feria leonesa, de este modo, es ya, hoy, una revolución imparable y esperada.
Los más viejos de aquí –la mayoría, como ocurre en toda España– pretenden ver en José Tomás a un redivivo ‘Manolete’. Y en ese galimatías neuronal de muy difícil debate y menos salida, hay quienes dicen que, sin duda, es la reencarnación –que no desdoblamiento– del ‘Monstruo’ de Córdoba. El prisma monocolor al que estos aficionados no renuncian a ningún precio. Y los hay, naturalmente, que, a pesar de reconocerle el tratamiento de mesías taurino, rechazan, de manera frontal, la equiparación y comparación. No comulgan con ese tipo de aseveraciones, tan radicales y contundentes.
Ahora bien. De lo poco que se sabe de Tomás –y eso sí está contrastado– es que, para él, el inolvidable diestro cordobés resulta el paradigma y el espejo indiscutible, el único, donde mirarse. Lo ha reconocido varias veces. ¿José Tomás, entonces, torea igual que lo hiciera ‘Manolete’? La respuesta es no.
Si se analizan, en un contexto generalizado, las faenas de Manuel Rodríguez con las de José Tomás sólo confluyen ciertas pinceladas: los encajes de cintura y algún que otro ademán sobrio, quizá estudiado en vídeos y películas. Sólo eso. La diferencia más notable entre ambos –y así debe resaltarse– es que ‘Manolete’, muy vertical, retrasaba la muleta para embarcar al toro y marcarle el viaje, mientras que José Tomás, por el contrario, la adelanta y se desprecia a sí mismo. Nada que ver. Es torero distinto. Con otra personalidad. Y de otro corte. Y, tampoco, –el dato es esencial– el toro de los años cuarenta del pasado siglo, tiene que ver con el de ahora.
El que Tomás enfervorice a los públicos apunta de forma indefectible a dos componentes muy marcados. Por una parte, su limpia y magistral temeridad en aras de desintegrar los terrenos –innecesario, por sabido, es remarcar el inimitable magisterio que irradia–,y, por la otra, una acusada personalidad hermética, casi budista, que no trasciende más allá de los ruedos a pesar de ser objetivo social de todo tipo de especulaciones. El mito, en fin, sigue esculpiéndose cada tarde. Pero en los ruedos.
Julio Cayón es crítico taurino